under the silver lake

Crítica de Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake)

Siempre se dice que lo más difícil, en la creación de cine, no es tanto dar el pelotazo, como la película que sigue. En especial para casos especiales, como el de David Cameron Mitchell y su It Follows. Esa no sólo dio el petardazo, sino que convirtió a su responsable en el mesías de lo indie, lo hípster, lo retro, el género… y la última esperanza para quienes buscan innovación sin entrar de lleno en lo arty, por así decirlo. En fin, siguiente película: Lo que esconde Silver Lake. Un canto generacional de 140 minutazos, con claros homenajes a la historia del cine en general y del thriller en particular. Y con una investigación fumada (en el mejor de los casos) de lógica dudosa, que en verdad no es más que una excusa que sirve como vehículo para la alegoría que se dirige a quienes han partido hacia Los Ángeles en busca del gran sueño. Y por tanto, a quienes hayamos creído que estábamos llamados a hacer algo y hemos perseguido nuestro sueño (más pequeñito seguramente), y ahora estemos planteándonos qué puñetas hemos hecho con nuestras vidas.
En fin, ambicioso no, lo siguiente.

Ay, pero para sobresalir en semejante gesta uno tiene que hilar muy fino. Lo que esconde Silver Lake mezcla estilos (¡hasta animación hay por aquí!), géneros y recursos; hasta la música evoca a épocas pasadas del cine, en las que jugaba un papel mucho más evidente combinada con ostentosos zooms o iluminaciones de miradas. Hay por aquí restos de El crepúsculo de los dioses tanto como de La ventana indiscreta o de Un largo adiós. Del mismo modo que Andrew Garfield deambula por parajes (y pasajes) dignos de Mulholland Drive con un lío en la cabeza que ni el Joaquin Phoenix de Vicio propio. Incluso, como el Philip Seymour Hoffman de la no menos excesiva Synecdoche, New York, el personaje tira para delante una empresa que en ocasiones parece no tener por dónde cogerla. Se aferra a pistas surrealistas, esperanzas imposibles de las que seguir escarbando excusas para enfrascarse en su inesperado nuevo rol como detective, apartando las obligaciones reales de su vida. Pese a que en alguna que otra ocasión la patada que reciba sea de aúpa (atención a esos discursos sobre la juventud y sus iconos, o sobre los objetivos de la vida de cada uno).

David Cameron Mitchell se ata la manta a la cabeza y no arruga: su película es un constante lanzamiento de estímulos para el espectador, un exceso después de otro que encuentra su mejor reflejo en, justamente, su exagerado metraje. Y le va saliendo bien, ojo. Hasta que se pasa de frenada. Decíamos antes que para acertar en la diana hay que hilar fino, y Mitchell no es Paul Thomas Anderson, el único en la tierra capaz de adaptar a Thomas Pynchon. Como no es David Lynch, el único capaz de meter todo un Twin Peaks en una película. Ni mucho menos Robert Altman u Orson Welles (sí, también hay algo de él aquí). Y eso se nota, ya que por mucho que se esfuerce en intentar contener este derramamiento de intenciones, se le acaba escapando de las manos. Por mucho que crea que en todo momento está todo atado a la perfección, a ojos y/o paciencia del espectador, no son pocas las ocasiones en que se confunde justificación con tedio, con repetición. Con la exageración por la exageración.

Hey, que tampoco pasa nada. Le ocurrió al otro mesías de su momento, Charlie Kaufman, con la ya citada Synecdoche. David Cameron Mitchell ha intentado hacer el más difícil todavía, porque era lo que le tocaba tras ese sensacional cuento de terror que nos trajera un par de años atrás. Loable esfuerzo, un diez en propensión al riesgo. Pero los objetivos se han alcanzado sólo en parte. Al menos ha recuperado a Andrew Garfield, oyes.

 

 

 

Valoración de La Casa
  • Capi Spaulding
  • Mario Parra
2.5

En pocas palabras

Un exceso que su director no sabe controlar a tiempo, y se le acaba escapando de las manos. 140 minutos de virguerías cinematográficas no siempre acertadas.

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