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Crítica de La verdadera historia de la banda de Kelly

Bueno, pues si había alguna duda, resuleta queda con The True History of the Kelly Gang (o como se la conoce por aquí: La verdadera historia de la banda de Kelly): a Justin Kurzel le van los tipos (muy) rotos. O si no, que se rompan por el camino. En su poderoso debut, Snowtown, veíamos cómo un adolescente era llevado al lado oscuro gracias a un asesino en serie que lo iba amoldando a su gusto como cómplice. En la apabullante revisión de Macbeth, el director se centraba casi de manera exclusiva en la destrucción mental de un Michael Fassbender sobrepasado por las guerras y por Marion Cotillard.

Las dudas surgían con Assassin’s Creed, que también suponía un carrusel de personajes ambiguos, pero quedaba en agua de borrajas invitando a pensar en cierta relajación por parte de Kurzel (tampoco se le debería culpar por ello, por otra parte). Claro que tales sensaciones se debían a exigencias comerciales.

A la que ha vuelto a terrenos no comerciales, ha regresado también a las andadas: el guionista Shaun Grant (Snowtown) adapa la novela homónima Peter Carey para contar la historia de Ned Kelly (un Geogre MacKay bastante distinto al de 1917), forajido y héroe popular australiano del que se ha contado de todo pero nunca así: nunca desde la obsesión de un director por adentrarse en lo más profundo de su psicología para tratar de captar su… rotura. De hecho, todo lo demás no importa porque inevitablemente, lo que nos ha llegado de Kelly ha sido tergiversado una y mil veces. Así se abre la película, justamente: la voz en off del protagonista leyendo sus supuestas memorias porque nadie debería contar la historia de nadie salvo uno mismo. Claro que segundos antes, un texto en pantalla nos alerta de que todo lo que vamos a ver va a ser mentira. Lo dicho: que se respete o no lo realmente acaecido da igual, aquí se viene a indagar sobre la locura de un hombre desde los orígenes de la misma.

En este sentido, La verdadera historia de la banda de Kelly traza una línea abiertamente continuista con Macbeth, reconocible incluso a nivel formal. Y es que como en aquella, la excelsa mano de Kurzel juega un papel fundamental para elevar la película a esferas muy superiores (de lo contrario, todo podría haber quedado en un Guy Ritchie de segundas). Parece que ningún segundo en pantalla haya quedado al margen de un estudio puntilloso en pos de la expresión no verbal. Cuando debe respirar, la cinta se asemeja a los momentos más lúcidos de Terrence Malick; cuando debe adentrarse en la oscuridad emocional, los tonos cromáticos cambian; cuando debe volverse loca, vale todo (ojo al destelleante clímax, febril y agotador; pero también a los contrastes de paletas entre escenas con la familia y en el local Mrs Robinsons).

Pero decía que el punto y seguido es evidente a nivel argumental: desde la polvorienta, sudorosa y asilvestrada familia de la que emerge a la brava el protagonista, todo es un paso más hacia el hundimiento. La madre (Essie Davis) como involuntaria primera raíz podrida, busca nuevas figuras paternas (para suplir las carencias de la verdadera) en la purria más deleznable. Charlie Hunnan, Russell Crowe, Marlon Williams… todos ellos no suponen sino una muesca más, como lo son sus encuentros posteriores (Nicholas Hoult o incluso los hermanos Kelly, igualmente marchitos). Cada movimiento es un paso más hacia la oscuridad, en una historia que da vueltas sobre sí misma, de manera incluso literal: atención a la directa relación entre la primera y la última lección que recibe Ned Kelly, y a cargo de quién.

No es que Kelly, ojo, quede exento de culpa: hay focos de luz en su recorrido (Thomasin McKenzie a la cabeza, o ese hijo a quien dedica sus memorias, por ejemplo). Pero hay que querer aferrarse a ellos. Claro que también hay que saber identificarlos, para lo que es necesaria información que a Ned Kelly le es negada de buenas a primeras, cuando en aquellos años mozos en que tuvo la posibilidad de cambiar su vida radicalmente, cuestiones raciales lo impidieron. Y he aquí lo que hace que La verdadera historia de la banda de Kelly no se llame Macbeth 2: lo que aflora de su trama es una gran parábola de la historia de Australia, marcada por el odio y la falta de entendimiento étnico. La historia se escribe desde un solo punto de vista, lo cual es peligroso.

Puede uno perderse en tales interpretaciones, tratar de captar todos los destellos de un guion mucho más chichudo de lo que a priori parecería (¿he citado ya a Guy Ritchie?), o sentarse a admirar su fotografía o demás peripecias formales. O puede, sencillamente, atender a una trama entretenida y bien contada. Sea como sea, el resultado no cambia: The True History of the Kelly Gang confirma que el de Kurzel como nombre a seguir muy de cerca, su coqueteo con el fracaso comercial fue un paso en falso en una de las filmografías más interesantes del momento.

Trailer de The Kelly Gang. La verdadera historia

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
4

En pocas palabras

Nueva aproximación a Ned Kelly en forma de febril descenso a los infiernos de la locura, a cargo de un director que recupera su mejor forma brindando un espectáculo apabullante.

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