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Crítica de La virgen de agosto

Ya sea por impermeabilidad a las modas, por cabezonería autoral o por simple repetición de esquemas lo cierto es que Jonás Trueba está construyendo un corpus artístico que parece de otro tiempo. De uno en concreto. A lo largo de su carrera se ha erigido como el mejor émulo/pupilo de los grandes autores franceses surgidos de la nouvelle vague, especialmente de los títulos que firmaron entre los 60 y los 80. Y si el director empezó guiñando a Truffaut con un casi deslumbrante debut (Todas las canciones hablan de mí) en su filmografía ha visitado a Rivette, Garrel y, obviamente, Rohmer. No quiero extenderme en algo en lo que desde el sector crítico ya se ha profundizado a menudo (lo hacemos nosotros mismos cada vez que reseñamos una de sus películas) pero sí veo necesario indicar que, una vez más, el director que le dedicó un cuento a cada estación del año aparece impreso en el ADN fílmico de Trueba.

Volvemos a toparnos así con el sempiterno escollo: el autor no convencerá a los agnósticos ni convertirá a los reticentes, y al mismo tiempo reconfortará a sus parroquianos y congratulará a sus seguidores. Sigue en un relativo inmovilismo en cuanto a temas, género y tono, en cuanto a enfoque narrativo y ambiciones intelectuales y metatextuales. Y vuelve a convertir uno de sus ensayos fílmicos (a ratos eso es lo que parece La virgen de agosto) en una especie de producto acomodado en la autoconsciencia, basado en la naturalidad, aparentemente improvisado y ligeramente desinteresado por los esquemas dramáticos clásicos.

Asumido todo esto, que no es poco asumir, La virgen de agosto es otra (una más) gran película. Planteada como una especie de diario vital de una treintañera que se instala en un piso de Madrid en pleno agosto dispuesta a reinventarse, es casi más un compendio de viñetas cotidianas que una épica entorno a la soledad, la necesidad, la búsqueda del amor y de un lugar en el mundo laboral, social y emocional. Todo eso subyace en la aventura vital de Eva, claro, pero su personaje parece más un observador que una auténtica heroína existencialista. Dicho de otro modo es más interesante ver cómo todos esos temas se van desplegando -con calma morosa- a través de las interconexiones de Eva con su entorno, con la aparición casi espontánea, azarosa y calculadamente caprichosa de varios personajes casi arquetípicos (y aun así naturales y creíbles) que experimentar una tragedia construida a la medida del personaje. No, es mucho más satisfactorio ver reflejadas en el rostro de Eva la emoción de un concierto de Soleá Morente, la pasión cinéfila de un erudito del filósofo y poeta Ralph Emerson o la chulapería verbenera de las fiestas de San Lorenzo, San Cayetano y la Paloma.

Sin miedo a asomarse a una ligera ranciedad (su amor por la ciudad y gentes de Madrid es precioso, pero su intento de transgredir la tradición para acoplarla a su universo hipster, que no millennial, a ratos roza lo castizo-postizo) Trueba se presenta como un cineasta libre, o todo lo libre que le permiten ser sus propias filias. No se entrega ciegamente a lo creíble sino que deja -o provoca- que los personajes se adapten con comodidad a las tesis. Por eso las relaciones interpersonales a menudo se plantean más como la búsqueda de un fin que como un retrato fidedigno de las personas mundanas. Y sin embargo al final siempre logra equilibrar esa especie de artificio con su abierta voluntad de apelar a los sentimientos reales.

Por inercia, he llegado hasta aquí sin citar a Itsaso Arana. Y ello podría hasta ser injusto por mi parte, porque la actriz tiene tanta culpa como el realizador en el éxito creativo de La virgen de agosto. Puede que incluso más. Primero, porque el cincuenta por ciento de la autoría del guión le pertenece a ella. Segundo, porque es ella quien conduce la película con una desnudez, naturalidad y sinceridad aplastantes. Sin grandes alardes interpretativos, con humildad, calidez y callada intensidad. Ella, su personaje, sus preciosas líneas de diálogo, sus quiebros naturales, sus caprichos, sus relaciones terminan siendo el motor sentimental, intelectual y feminista de la película. De modo que en realidad da igual si Trueba quisiera haberse inventado una quinta estación para poderle dedicar el cuento que no le dedicó Rohmer en vida. Poco importa que La virgen de agosto no añada en términos absolutos a lo ya visto en el universo Jonás Trueba. Por la conjunción de sus preciosos elementos clave, todos arremolinados bajo el personaje de Arana, esta es una gran película. Otra vez.

Trailer de La virgen de agosto

Valoración de La Casa
  • Xavi Roldan
4

En pocas palabras

Jonás Trueba e Itsaso Arana trascienden sus propios referentes culturetas para entregar una obra emocionante, pura y honesta, un caramelo cuasiepisódico tan arraigado en la cinefilia como contemporáneo.

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