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Crítica de Bruja Escarlata y Visión (WandaVision) – episodios 1 y 2

Prosigue el megalómano plan de dominación mundial de Disney con un nuevo paso que podíamos suponernos pero cuya magnitud nunca llegamos a imaginar en el momento en que la casa del ratón absorbió a La Casa de las Ideas. O por lo menos a su filial audiovisual, una Marvel Studios que junto a la franquicia Star Wars y las producciones Pixar ha pasado a formar parte de la escudería principal en la plataforma de suscripción Disney+. Como parte de la agresiva blitzkrieg emprendida por los de Bob Iger Marvel Studios presentaba un plan de hasta diez series, que acompañarían a otras diez del universo Star Wars. La más inmediata, WandaVision, ya la conocíamos desde hace unos meses. Y ahora ha empezado la invasión.

Pero seamos optimistas. La cosa no empieza nada mal. WandaVision (creada por Jac Schaeffer y traducida en España como Bruja Escarlata y Visión por motivos legales) se estrena como la primera serie con personajes principales del Universo Cinematográfico de Marvel insertada plenamente en su continuidad -inicia la conocida como Fase 4-, en convivencia sincrónica con las entregas fílmicas de una saga que ya se extiende más allá de la gran pantalla. Y suelta un cachete moral a todos aquellos que se empeñan, erróneamente, en ver el MCU como un monolítico puré de intenciones comerciales sin alma, desprovisto de cualquier inquietud artística y personalidad autoral.

La actual Marvel se debe a unas necesidades comerciales y ambiciones mercadotécnicas, nadie va a negarlo. Lo que comentaba en el primer párrafo es el resultado de ello. Pero no es menos cierto que tanto Kevin Feige (jerifalte de Marvel Studios) como C. B. Cebulski (actual redactor jefe en la división de cómics) suelen apostar, con riesgo calculado, por llevar a sus franquicias un paso más allá en la búsqueda de nombres propios que puedan aportar ideas excitantes: es el caso de James Gunn, Jon Watts, Taika Waititi o, próximamente, Chloé Zhao en el ámbito cinematográfico. Y de Ta-Nehisi Coates, Kieron Gillen, Jeff Lemire o Tom King en el tebeístico. Es precisamente este último nombre el que toma relevancia con WandaVision, habida cuenta de que esta parece partir de la misma base contextual que su celebrada serie limitada La Visión, cuya autoría comparte con el dibujante Gabriel Hernández Walta.

En ambas series Visión, el androide con alma humana creado originariamente por Roy Thomas en 1968, sirve como contrapunto de perplejidad casi alienígena en una América desquiciada que adopta las formas alegóricas de la vida suburbial del American Way of Life de los años 50. Más concretamente en WandaVision pasa a instalarse de incógnito y junto a su esposa Wanda Maximoff, aka Bruja Escarlata, en una formidable casa unifamiliar, rodeados de vecinos pintorescos y llevando una vida aparente y supuestamente normal. Una normalidad ficticia, una mascarada a su pesar que en el fondo esconde una realidad turbia.

Wanda y Visión llevan, en fin, una existencia tan «normal» como la de cualquier familia televisiva de mediados del siglo pasado. Hablaba de riesgo, y es considerable el que Marvel ha decidido correr para plantear su WandaVision: moldear un slowburner sin acción superheroica y ajustar sus dos primeros episodios (veremos cómo avanza la temporada) a un molde paródico muy concreto, el de las comedias de situación seminales en la televisión americana de los años 50 y 60. Sin ningún tipo de pudor ni disimulo la serie es un calco en sus formas de Embrujada, mientras apela al mismo tiempo a ese imaginario sitcom de I Love Lucy y Los recién casados, tanto en lo estético (episodios de media hora rodados en blanco y negro en formato 4:3) como en el contenido, esa narrativa de comedia doméstica protagonizada por pareja cómica compuesta por un marido trabajador de oficina y su amantísima esposa ama de casa.

Un formato popular presentado de manera iconoclasta y que rompe el molde en un segundo episodio con una factura ligeramente más cinematográfica (aún anclada en los años 60) y un mayor scope formal… y cuyo final ya da pistas de que lo de WandaVision va a ser algo más parecido a un trip intertemporal que a un simple homenaje insípido: con el salto al color empiezan a llegar los 70 de La tribu de los Brady y se confirman las sospechas de que esto puede terminar entroncando de algún modo con la psicoexperimentación lisérgica de Legion.

Es pronto para saberlo, con solamente dos episodios emitidos en el momento de escribir esta reseña. Pero lo que sí parece cierto es que en Marvel han decidido apostar por un formato arriesgado cuya voluntad homenajística puede terminar siendo una estéril carcasa para una narrativa totalmente supeditada al gran esquema de las cosas que conforman las aventuras «mayores» en la gran pantalla. Pero que, me inclino a pensar, puede ser una prueba más de eso de lo que hablaba más arriba: la apertura de miras estilísticas que nos distraiga un poco del ultracorporativismo del invento y por el camino nos recuerde que incluso en los movimientos audiovisuales más comercialmente mastodónticos puede haber inteligencia, originalidad, elegancia formal y sabiduría narrativa.

Trailer de Wandavision (Bruja Escarlata y Visión)

Reseña de Bruja Escarlata y Visión (WandaVision)
  • Xavi Roldan
4

Por qué hay que ver WandaVision

La primera serie plenamente incrustada en el Universo Cinematográfico Marvel rompe con lo que los más agoreros podrían haber vaticinado: lejos del acomodo comercial y la repetición temática sus dos primeros capítulos plantan las bases de un producto arriesgado y excitante.

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