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Crítica de We Are Still Here

Por norma general, las revisiones de las películas de hace entre dos y tres decenios, molan. Lo saben propios y extraños, y por eso se tiende tantas veces a echar la mirada atrás, bien sea para coquetear con tiempos, estilos y formatos (Drive) como para plagiarlos directamente (The House of the Devil). Del segundo grupo forma parte We Are Still Here, canónica historia de fantasmas ambientada en los años 70 y rodada como tal, sobre una pareja que acaba de perder a su hijo, y se muda a una casa apartada de un pueblo recóndito en la América profunda. Por supuesto, la casa está encantada.

Por tempos, puesta en escena, caracterización e incluso interpretaciones, la película no parece buscar mayores metas que el mero ejercicio de repetición: hasta la cámara de Ted Geoghegan reacciona cual horror movie añeja, en un film que como tal respeta hasta lo obsesivo la creación atmosférica y el dibujo de personajes. Claro, como se intentaba a la vieja usanza, o sea: sin ninguna intención real de generar miedo ni de profundizar en personalidades de unos y otros. Francamente, ni los mejores exponentes del género estrenados hace dos décadas son recordados hoy por las dimensiones de sus protagonistas o los matices de sus entramados. Es tal el homenaje, que el guion confunde una cosa con la otra acabando por convertirse en una fotocopia desfasada sin más, como en su día lo fue la sobrevalorada (y recién citada) película de Ti West.

Ahora bien, por el camino van asomando sustos algo más próximos en el tiempo: los fantasmas de We Are Still Here van apareciendo cada vez con mayor frecuencia y tendencia al abuso de efectos sonoros y de retoques digitales (son pocos, pero ahí están). Arma de doble filo al generar cierta actividad emocional en el espectador, sí, pero a su vez traicionarse a sí mismos, al emplear unas formas actuales del todo encontradas con la teórica personalidad revisionista del film y reconociendo así ser la única opción de que dispone para asustar. Confirmando, hablando en plata, su incapacidad por crear un buen producto setentero de terror. Y es que esa falta de rigor de Geoghegan no es sino la principal prueba de que en verdad, y por mucho que en ocasiones se busque voluntariamente un extra de casposidad y torpeza cinematográfica, no es que estemos ante una maravilla que digamos… A poco que progresa, We Are Still Here va descubriendo sus mil y un carencias traducidas en un muy mediocre planteamiento formal, un ritmo desigual y una incapacidad total por exprimir sus potenciales virtudes, peso dramático (y de paso explicación de sus decisiones) de los fantasmas incluido. Algo similar ocurre con el reparto, que intenta buscar ese punto sobreactuado de antes, pero parece más desubicado que otra cosa.

Un desastre, ¿no? Bueno, sí… y no. Si bien todo lo dicho hasta ahora pueda decantar la balanza del lado que no toca de manera definitiva, no se le puede negar un inesperado plus a favor del entretenimiento. En medio de ese turbio pantano de fotocopias que propone, despuntan algunos botes salvavidas traducidos en prometedoras puertas abiertas al desmelene. El pueblo esconde secretos, la trama parece querer plantear un imposible mash-up entre El sexto sentido y el dragón de San Jorge, y ¡oh! ¿Qué ha sido eso, una salvajada gore? Justo cuando el espectador se resigna a una decepción en ciernes, hete aquí que We Are Still Here siembra esperanzas: la pregunta es hasta dónde va a ser capaz de llegar, y la respuesta no decepciona. Cuanto menos se toma la molestia de llegar hasta la última consecuencia, pasarse de frenada… dar lo que promete en esos pequeños cinatos de festín sangriento. Sus últimos quince minutos son un delirio, un festín que equilibra la balanza al adoptar las formas de otra clase de cine setentero/ochentero: el que prácticamente salpicaba de sangre al respetable. Y entonces, es imposible no amarla por mucho que sus carencias sigan a la vista.

5/10

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