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Crítica de Westworld (temporada 3)

Jonathan Nolan no es, ni será nunca, el nuevo Philip K. Dick. Pero es que tampoco es, ni será nunca, la nueva voz fantacientífica encargada de recoger el legado del Blade Runner de Ridley Scott o el Akira de Katsuhiro Otomo. Ojo, que nadie se lo ha pedido. Sin embargo, ahí está él, enfurruñado y a sus movidas que probablemente considere increíblemente densas y chichudas. Tomando los principales eslóganes de Asimovs, Dicks, Gateses o Zuckerbergs se ha autoproclamado autoridad number 1 en materia del futuro que nos espera. Uno gobernado por máquinas de capciosas inteligencias artificiales conspirando para acabar con la humanidad, que ríete tú de los Terminators. Por supuesto, culpa de la humanidad en sí y de cómo ha llevado las bondades de la tecnología a terrenos turbiamente lucrativos.

Problema: se queda en un plano sumamente superficial, antepone en seguida las movidas que tiene él solo en su cabeza a cualquier reflexión realmente sesuda, y queda un pastiche en el que no acaban de quedar claras ni sus intenciones, por sencillas que fueran al principio. Y así, llegamos a esa enorme patata caliente para la HBO que es Westworld, que tenía que haberse quedado en una entretenida adaptación de la película de Michael Crichton homónima (traducida en España como Almas de metal), pero a estas alturas es un buque enorme que va a la deriva sin que nadie sepa muy bien como pararlo. Su tercera temporada ha sido más cara y más corta, ocho episodios para tratar de subsanar los errores de la anterior, que supuso una soporífera reiteración de lo visto en su tirada inicial y ni siquiera cumplió su promesa de cambio radical (vaqueros por japoneses) hasta prácticamente el final. Ahí se torció todo, se generó la divergencia público-producto y literalmente nadie pidió una continuación que, eso sí, cuando se presentó en sociedad parecía haber subsanado sus errores: trailer con brutal cambio de escenario, de vestuario y de protagonismos (con la incorporación de Aaron Paul). Hasta de tono. Vale, démosle otra oportunidad. HBO se ha dejado la pasta y promete más por menos, a nadie le amarga un dulce en forma de ciencia ficción y acción, y encima arranca bien. Ay, qué inconscientes éramos de la trampa en la que estábamos cayendo…

La tercera temporada de Westworld ha cambiado, sí, pero en algo en lo que justamente debía mantenerse fiel a sí misma: ha pasado de ser un producto crichtoniano a uno estrictamente de Jonathan Nolan. A sabiendas de que una nueva serie no podía seguir centrándose en los parques, explotados ad nauseam, su creador ha pasado olímpicamente de ellos, y seguramente entonando un por fin por su parte (y ojo, por la nuestra también, que estábamos igual de agotados). Ahora ya son una anécdota de impacto casi nulo para una nueva, enésima vuelta de tuerca a las movidas del guionista que no entendió nada de Bane cuando lo enfrentó a Batman en El caballero oscuro: la leyenda renace; que pretendió ser mejor que Kubrick con su libreto fantacientífico-existencialista para Interstellar. Westworld es ahora, ya avisaba al principio, una suerte de elongación de Blande Runner.

Los ocho capítulos de su tercera temporada pivotan esencialmente en torno a los sentimientos de los robots, su toma de conciencia, su superioridad en relación a sus creadores. Que como gran concepto adesarrollar mola, ojo, pero hay que ir algo más allá por lo manido del mismo, porque ya se ha tratado activamente el tema en las anteriores temporadas y porque… bueno, porque ya lo hemos visto en forma de serie (infinitamente superior, todo sea dicho) en Battlestar Galactica. Y es en este ir más allá nolaniano, en lo que Westworld hace aguas. Porque se equivoca en el trato de su protagonista (Evan Rachel Wood), a quien primero coloca como abanderada de la lucha contra el pérfido empresario para luego acabar dejándola (involuntariamente seguramente) como una suerte de fascista manipuladora de un ser inferior (Paul), representante del pueblo. Se equivoca al tratar, justamente, al pueblo, de quien pretende poner en evidencia su indefensión ante grandes males (¿alguien dijo pandemias?) pero a la postre vuelve a colocar a la altura del betún, como lo estaba cuando el Hombre Murciélago. De la mucho más interesante reflexión sobre cómo el ser humano mostraba lo peor de sí mismo al tener acceso a humanos de mentira, nada queda. Y es que por algún motivo, parece que Jonathan Nolan sigue queriendo ser esa suerte de predicador capaz de hablar a las masas. Lleva probando suerte toda su carrera, sigue dando palos de ciego.

Errando el tiro un su mensaje, el espectador podía esperar aferrarse a todo lo demás, esto es: lo que rodea a su medianero leitmotiv. Y sí, esta tercera temporada es visualmente apabullante, reemplaza el mismo escenario de las entregas anteriores a las localizaciones más brutales, pasando por la Ciudad de las artes y las ciencias de Valencia o Marina One en Singapur (y si no lo digo reviento: el Walden de Sant Just Desvern). Pero perdiendo así la poca personalidad que le quedaba a la serie, claro, y pecando de lo que peca la mayoría de películas del hermanísimo, don Cristopher Nolan: enormidad hueca, esterilidad lujosa. En el caso que nos ocupa, perfecta metáfora de lo que aporta todo el revestimiento argumental, traducido en empresarios malos que juegan con el pueblo, revuletas del pueblo que pasan porque sí (somos tontísimos por lo visto), personajes que ya no pintan nada en verdad (Ed Harris)… y sobre todo en grandes ordenadores con lucecitas rojas y voz ultratúmbica, puntito de transhumanismo incluido. Todo muy cercano al sonrojante galimatías informático de Transcendence (única película tras la cámara de Wally Pfister… director de fotografía habitual de los Nolan). Vaya, mucho ruido y muy bonito de ver, pero…

Queda, pues, la gran pregunta que seguramente se planteen también desde la HBO: cómo demonios se detiene todo esto. Westworld sigue siendo un éxito de visionados, sí, pero lleva sin convencer dos temporadas y media de las tres que tiene de momento. Y principalmente por su incapacidad de entretener, que es lo único que una serie con aires de blockbuster debería cumplir a rajatabla. ¿Aires de cambio? Ni remotamente atisbados. Jonathan Nolan sigue encantado de conocerse y ya ha dejado el cliffhanger de turno para más episodios. La nave va sin mandos, vaya, suponiendo una inversión económica directamente proporcional al agotamiento de paciencia. La seguimos por inercia, que un día se acabará también y quizá para entonces sea tarde, pero ¿cómo se les dice que no a los todopoderosos Nolan?

Trailer de de Westworld – Temporada 3

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
1.5

En pocas palabras

La serie que debió acabar en su primera temporada, sigue adelante intentando camuflar sus carencias a base de un apartado técnico impoluto. Por bonita que sea, no lo consigue ni por asomo.

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