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Crítica de Wildlife

No es muy a menudo, pero cuando ocurre, hay que celebrarlo. Saltar del plano interpretativo a la realización resulta ser un movimiento sensato sólo cuando el actor o actriz en cuestión demuestran una cierta inquietud previa. Ponerse tras una cámara puede ser algo sencillo si uno está incrustado en el mainstream, pero lograr un producto decente ya es otro cantar. Y ese plus de ideas propias es el que garantiza el éxito. Paul Dano ya apuntaba, como actor, a construir sus personajes desde una óptica muy personal. La elección de sus papeles siempre garantizaba interés y su enfoque interpretativo suele ser, para bien, distinto y personal. Así que no, esto no parece ser un capricho de estrella (más que nada porque él, aun merecerlo, nunca lo ha sido). Especialmente teniendo en cuenta el texto del que han optado partir él y su coguionista Zoe Kazan: Incendios, cuarta novela de uno de los más grandes escritores americanos vivos, Richard Ford.

Kazan y Dano se atreven pues con esta historia, intimista y herida, situada en lo prósperos 60, de un matrimonio rasgado, irremediablemente alejado del sueño americano. El que conforman dos treintañeros con un hijo adolescente que ven deshilachar lentamente sus aspiraciones por culpa de la inoperancia del marido. Ella, obviamente, busca consuelo en lecho ajeno y el tercero, el hijo, no tiene más que observarlo todo desde la barrera, luchando por conjugar el cambio de paradigma familiar con su propia evolución personal. Una historia de, eso, maduración, liberación y constante lucha contra las expectativas.

Sin embargo, si Wildlife cuenta en primer término la disolución de un matrimonio, desde un enfoque más profundo narra la relación de un hijo con su madre y en última instancia, y muy especialmente, representa un profundo retrato femenino. El de esa ama de casa a la fuerza, obligada a pasar desapercibida ante el supuesto gobierno de su marido, hasta que se harta de ello. Ella es, en realidad, el centro de gravedad emocional de la película. Una joven obligada a envejecer y a responsabilizarse demasiado pronto, interpretada por una Carey Mulligan más afinada que nunca, liberada ya de su habitual hieratismo algo afectado.

Ella representa todas las bondades de una película sustentada en las sutilezas, tanto interpretativas (Jake Gyllenhaal y, especialmente, el joven Ed Oxenbould ofrecen trabajos graníticos) como narrativas. Dano rueda con enorme seguridad, confiando en los detalles, desarrollando situaciones contenidas para trascender lo rutinario de los hechos que expone de partida el argumento. Ese drama doméstico que, en el fondo, encierra toda una panorámica de la disolución de los ideales tradicionales americanos.

Sin embargo la valentía es más conceptual que formal. A pesar de la seguridad narrativa y el temple escénico que muestra el realizador el resultado es quizá demasiado pulido. Siempre eficiente y a menudo rico -especialmente gracias a la poderosa fotografía de Diego García-, pero también un tanto previsible. Es como si, superada con nota la barrera de atreverse con un material delicado, Dano diera todo el resto de cosas por sentadas. Como si se confiara en exceso a un modelo de cine de (innegable) calidad y no aportara un extra de garra, de arrojo ni de ideas inesperadas en cuanto a montaje y planificación. Ello deja lo que podría haber sido una película sobresaliente, digna de los legados literarios de Carver, Roth, Yates o el propio Ford, en un debut valiente pero sólo notable.

 

Trailer de Wildlife

 

 

Valoración de La Casa
  • John Blutarsky
3.5

En pocas palabras

El actor Paul Dano se atreve con su primera experiencia tras la cámara y logra la remarcable adaptación de una novela de Richard Ford aplicada, a ratos sabia, pero también ligeramente acomodada

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