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Crítica de Sin olvido

Que se tenga que hablar del Holocausto ahora y siempre, no es algo que deba ponerse en duda. Para no repetir errores del pasado, deben ser recordados una y otra vez. Lo que nadie dice es que tenga que hablarse de ello siempre de la misma manera. Sin olvido es de aquellas propuestas que ofrecen un acercamiento diferente: en la actualidad, un hombre (ya en el ocaso de su vida) acude a casa de otro. Su objetivo es dar con el responsable de la muerte de su padre (un alto cargo de las SS que se ventiló a cientos de personas), pero en vez de eso da con el hijo, quien le propone un viaje. Por lo que de repente, esto se convierte en una suerte de road movie por Europa del Este con dos personajes a quienes las páginas más oscuras de la historia de la humanidad han marcado claramente… pero de manera indirecta. Curioso.

La principal baza de Sin olvido reside, es de cajón, en su tándem protagónico, sin duda lo mejor de la propuesta del director y co-guionista Martin Sulík. Tanto Peter Simonischek como Jiří Menzel empiezan a crecer desde los primeros compases, mediante una alternancia de roles (tutor-aprendiz, líder-súbdito, fuerte-débil) que se desarrolla de manera natural y amena. En este drama, que no conviene olvidar la etiqueta en la que navegamos (porque Sulík no tiene intención de ello, ojo), hay espacio incluso para alguna que otra tímida sonrisa, gracias a ellos. La relación entre ambos se torna empática y, vaya, sienta divinamente asistir a su evolución.

Sin embargo, la película no se hace memorable en ningún momento. Y es que pese a lo infinitamente entrañable que resulta su dúo de actores, el resto se ve adolecido por la excesiva solemnidad que su responsable. Toda la calidez de Sin olvido se la llevan sus dos personajes, cómo están escritos e interpretados. Todo lo demás es gélido. Aun cuando parece que quiere desmelenarse (cuando se incorporan dos personajes a la ruta, por ejemplo, y se decanta por un cierto retrato social), parece autoimponerse palos en las ruedas para no alejarse nunca de ese plano de gravedad que en no pocas ocasiones se confunde con somnolencia.

Así las cosas, queda una propuesta que merece ser aplaudida, por plantear un enfoque distinto a una temática de presencia constante en carteleras y plataformas. Con un par de personajes buenos, y en líneas generales interesante. Pero en una dimensión distinta a la que habitan emociones humanas. Prueba de ello, un tercio final con sorpresas que no vienen al cuento, pero tanto da, porque tampoco son capaces de despertar las sensaciones que deberían.

Trailer de Sin olvido

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Crítica de Pinocchio

Vale, creo que se puede decir que esta también ha salido mal. No tan, TAN mal como cuando lo intentó Benigni, que hundió su carrera justo después de haber alcanzado la gloria (tras La vida es bella, el italiano se puso en la piel de Pinocho en la película italiana más cara hasta la fecha… pegándose un batacazo histórico). Pero no sé si este Pinocchio le ha quedado, a Matteo Garrone, tal y como él esperaba. Aunque sí puede que se le acerque bastante, que ya es. Y es que además de la citada versión de 2002 perpetrada por Roberto Benigni, la marioneta de madera que quiere ser un niño de verdad ha visto una versión de terror, una animada y futurista, una con Martin Landau… y todas ellas han sido un desastre. Ni dos maestros de la talla de Kubrick y Spielberg pudieron darle al tronco viviente el empaque que tenían pensado, por mucho que lo convirtieran en un robot con la cara de Haley Joel Osment.

Por si fuera poco, además el director de Gomorra arriesga y de qué manera, con una nueva intentona de público incierto en todos los sentidos. Este nuevo Pinocchio es un retrato costumbrista italiano, y además (ni que sea para recuperar lo invertido) una película con vocación internacional. Es un cuento infantil, pero dirigido a un público adulto, cuando en verdad es un coming of age para adolescentes (que probablemente ignoren la película porque los adolescentes no van al cine). Más que una adaptación, es una revisión que no quiere atarse a los pasajes más icónicos del cuento original, pero debe pasar por ellos de un modo u otro, así que lo hace sin demasiado ahínco, para sorpresa del respetable (y enfado del purista). Desde luego, el conflicto de la película es mayor del de cualquiera de los personajes que pululan por ella.

El resultado de todo este imposible batiburrillo es, sorpresa, una película extrañísima. Este Pinocchio está sumamente bien hecho: efectos especiales sorprendentes, maquillaje aún mejor, y una fotografía preciosa de naturaleza y parajes italianos campestres semi abandonados. Garrone dirige un espectáculo cinematográficamente perfecto, al combinar tales elementos con un planteamiento elegante, sin florituras de autor ni nada remotamente cercano. Y sin embargo, la suya es una propuesta voluntariamente feísta: ciertos personajes son horripilantes, otros más creepy incluso que Benigni (sí, presente en este Pinocchio, en calidad de Geppetto esta vez) y su malrollera veneración a su muñeco. Y todo es sucio, pobre. Claro, la voluntad es clara: Garrone está retratando, en verdad, lo más bajo de la sociedad: mentirosos, ladrones, ladrones de niños… asesinos de niños incluso. Y alguna escena, de verdad, resulta turbadora como poco. El féretro cargado por cuatro seres, el ahorcamiento o el momento burros, quizá los que se llevan la palma.

A su vez, se trata de una película de alma rabiosamente italiana, por así decirlo (y ya tocaba, teniendo en cuenta que el cuento original es del toscano Carlo Collodi). Por mucho que se trate de animales y trozos de madera parlanchines, acaban dibujando una sociedad italiana en la que pesan la religión, la vida en el campo, las formas (nadie sale de plano sin haberse despedido previamente)… Al final, resulta que por muy alejada que esté en teoría, a la postre esta nueva propuesta de Garrone no se aleja demasiado de su filmografía, tan centrada en la sociedad italiana.

De todo este caldo de cultivo no puede sino salir una peli de culto con todas sus letras. Pero lo dicho: en realidad, no ha salido del todo bien. Porque el ritmo va y viene, se estanca demasiado en más de una ocasión; ese modo acordeón que se acerca y se aleja de la obra original descoloca más que otra cosa, y plantea preguntas que no deberían venir al caso; sus pasajes de humor infantil parecen metidos con calzador en una trama más cercana a la pesadilla que a otra cosa; y algunos personajes no acaban de dar con la tecla: Pinocho está bien, Geppetto en realidad también (ojo a los pasajes iniciales en los que parecería hacerse mofa del estado actual de la carrera de Benigni, con gente pidiéndole que deje de dar la brasa si quiere ganarse el pan)… pero secundarios como el gato y el zorro, o el mismísimo Pepito Grillo, chirrían y claman por un buen tijeretazo.

Así que no sé si atreverme a recomendarla, y por lo que leo por las redes, hay tanta disparidad de opiniones que no soy el único al que le da cierto reparo. Ahora bien, por lo que a mí respecta, debe ser aplaudido todo el que arriesga en un universo, el séptimo arte, tan saturado de producciones homogéneas y faltas de alma. Y este Pinocchio puede que no enamore, que no divierta lo que debería ni emocione. Pero respira, todo él, atrevimiento. Y de alguna manera, una personalidad inconfundible. Y a lo tonto, son estas las películas que perduran. Si os va el riesgo, no lo dudéis, uníos al culto.

Trailer de Pinocchio

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Crítica de The Father (2019)

Kristina Grozeva y Petar Valchanov llevan diez años escribiendo y dirigiendo a cuatro manos. Y parecen obsesionados con expandir las fronteras del drama, etiqueta con la que se puede catalogar toda su filmografía, hasta el punto de tornarlas irreconocibles. Y The Father riza el rizo: arranca de sopetón con un entierro, filmado sin grandes planos ni banda sonora, incluyendo al espectador entre los asistentes. Sin embargo, tarda poco en filtrar fogonazos de corte cómico (lejos de la carcajada, no se me malinterprete), pillando al espectador desprevenido. Y luego va a más: resulta que la fallecida tenía marido e hijo, y que mientras el segundo trata de seguir con su vida lo antes posible, el primero cree que la difunta trata de contactar con él, con métodos absurdos como poco.

Es así como se desarrolla una película que trata de la aceptación de una pérdida y las edades avanzadas; de la velocidad a la que va el mundo y las responsabilidades que nos convierten en esclavos de un puto aparatito que tenemos todo el día en la mano. Un drama, vaya… pero tintado de sátira, de comedia absurda y bastante negra. Eso sí, sin decantarse nunca por este lado tampoco. Vamos, que The Father es quizá la mejor definición hasta la fecha de dramedia, al situarse en un plano de total equidistancia entre ambos géneros. Curioso.

Para que el invento tenga sentido, Grozeva y Valchanov apuestan por un estilo familiar: cámara en mano y siempre próxima a sus protagonistas, ningún embellecimiento extra (ni siquiera hay banda sonora), y devenir lo más natural posible. Y costumbrismo por bandera. Acorde con todo ello, un guion en absoluto preocupado por anteponer ritmos cinematográficos a su firme propuesta: si quiere llegar a la mezcla perfecta entre sentimientos tan opuestos, debe mantener un tono constante y contenido. Aunque por el camino deba sacrificar decibelios de emoción aquí, de interés por allá. Y es cierto que, por momentos, The Father mantiene al espectador en vilo más por saber hasta dónde va a llegar, que por empatía o disfrute canónico. Vaya, que a veces, un poco peñazo se hace, avisados quedáis.

Insisto, creo que sus responsables ya cuentan con ello de entrada. Y tanto les da, porque lo que quieren es llevar a cabo una pequeña revolución cinematográfica, un estudio sobre géneros. De interpretaciones y puesta en escena notables, ojo. Por encima de todo, The Father es una película. Pero además, resulta que es una rara avis de aquellas que cuesta encontrar en cartelera. Una propuesta que quizá requiera de cierto esfuerzo por parte del espectador, pero porque se le obliga a salir de su círculo de confianza: uno sabe que si va a ver una comedia tiene que reírse, y si va a ver un drama tiene que llorar, pero aquí se pasa de un estado a otro como quien pasa páginas de una revista del corazón. Ahí reside el poder de una película pequeñita, que difícilmente pasará a la historia y que probablemente hubiera agradecido algo más de consistencia a lo largo de todo su metraje (de menos de hora y media, por otra parte). Vamos, una película no apta para todos los públicos pero que, a su manera, ha conseguido refrescar el cine. Y de qué manera.

Trailer de The Father

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Crítica de Temblores

De los infiernos por los que puede pasar una persona homosexual en el momento de salir del armario, el cine ha hablado en numerosas ocasiones. Pero normalmente, nos llegan puntos de vista de latitudes conocidas. Mientras que con Temblores, Jayro Bustamante nos cuenta cómo se puede vivir desde el punto de vista de la sociedad guatemalteca. Un país que se nos presenta netamente dividido entre clases alta y medio-baja. La primera, casoplones, formalidades y mucha, mucha religión; la segunda, más sencilla claro, y más abierta de miras. Y en medio de ambas se acaba situando Pablo, hombre de familia muy de bien, que se declara gay poniendo en riesgo todo en pos de Francisco, un hombre menos pudiente pero con menos problemas. En verdad, no hay nada nuevo bajo el sol. Pero es que no creo que la innovación fuera el interés de Bustamante precisamente.

Lo que sí hay en Temblores es la descripción de una situación que ya no debería ser tabú para nadie y que, sin embargo, en Guatemala aún puede poner en jaque la estabilidad de esa sociedad aferrada a los más estrictos credos religiosos. Anteponiendo sentimientos lógicos (el amor de una madre a su hijo, por poner un ejemplo) a lo que la Biblia reza. Y justamente a sabiendas de su función informativa, la película apuesta en todo momento por un tono hiperrealista y muy cercano, de tonalidades parduzcas y donde ni siquiera suena banda sonora. Por estas aguas navega un guion muy contenido, que no recurre a grandes giros dramáticos sino que va cociendo a fuego lento la progresiva dificultad en que la vida de Pablo se va convirtiendo, desde que se oficializa la situación.

Y como tal no impacta de frente, sino de manera indirecta. No hay ninguna destrucción masiva, más bien… eso: temblores. La vida de Pablo empieza a recibir una sacudida tras otra (los terremotos nunca vienen solos), las grietas van haciéndose más y más evidentes y a nosotros, desde la comodidad de nuestras butacas, se nos hace ver el abismo al que el protagonista es condenado. Y cala, vaya si lo hace. Resulta imposible no sentir asco, incomprensión, no plantearse dudas sobre una realidad que en teoría ya no es la nuestra. Em teoría.

En toda esta carrera de fondo, donde lo sutil prevalece y lo melodramático brilla por su ausencia, hay algunos pasajes de interés desigual. Cada vez que la cámara se aleja de Pablo para seguir a su mujer o a su amante, Temblores se resiente: se nos desconecta emocionalmente. Y quizá como consecuencia de esos apagones, el tramo final impacte un poco por debajo de lo esperado. A lo mejor, no haber perdido de vista ni un minuto al protagonista hubiera acabado tornándose en una auténtica pesadilla para el espectador, con independencia de que realmente, no ocurra nada especialmente disruptivo en pantalla. Un espectador que hubiera entrado en el último tercio totalmente a los pies de Bustamante.

Sea como sea, males menores para una película interesante y arriesgada a partes iguales. Temblores tiene muy claros sus objetivos y va a por ellos con todo lo que tiene, y eso se traduce en un estimulante drama 100% humano, 100% creíble, por mucho que a estas alturas, debería ser fruto de la ficción más desfasada. Vaya mundo, este en el que vivimos…

Trailer de Temblores

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Crítica de Las niñas

Flamante ganadora de la Biznaga del festival de Málaga 2020, Las niñas se presenta como la película española del año. Y muy probablemente lo sea, pero es necesario poner un poco en situación, no vaya a ser que al público menos preparado se le acabe rápido la paciencia. Porque la propuesta escrita y dirigida por Pilar Palomero no debería asociarse a ningún comentario de semejante grosor de brocha, siendo como es una película basada en los detalles. Las niñas celebra la sutileza de una cámara colocada de una determinada manera, de un plano con una mirada cargada de intención, de una escena de sentido más lírico que narrativo. Y antepone todo ello a resoluciones peliculeras, giros lacrimógenos o trucos baratos de banda sonora (del mismo modo que, pese a ambientarse en los años 90 y presentarse en 4:3, huye de burdos homenajes técnicos con los que tan empachados nos tienen títulos más comerciales). Nada es obvio, nada es burdo, así que no, Las niñas ni siquiera se merece una simplificación tan rupestre como la de película española del año. Por mucho que lo sea. Es una joya que está por encima de tales etiquetas.

Retrato generacional, viaje contemplativo al pasado, drama personal (probablemente no exento de pasajes autobiográficos), o puesta de puntos sobre las íes. Pilar Palomero ofrece un inabarcable abanico de lecturas partiendo de una premisa mínima: Celia va a un colegio de monjas y, coincidiendo con los inicios de los 90, entra en la edad de plantearse cosas. Quizá condicionada por su entorno, sus compañeras del cole, lo que sea; pero que algo no cuaja se demuestra ya desde la potente escena inicial, donde el desarrollo natural de una situación (sencilla también) se ve truncado por una forzada imposición que no se acaba de entender. Supongo que Las niñas encontrará un buen puñado de espectadores que se identifiquen con lo que a partir de entonces va sucediendo porque, de nuevo, la película huye de todo lo que no sea contar una historia que podría ser sumamente real, y desde una aproximación sumamente realista. Y cercana a los ojos de la niña, pues la cámara se aleja de su hombro en contadas ocasiones (cargadas de significado).

Y a partir de aquí entramos en los detalles de la cinta, que son infinitos, y la hacen única. Como el duo de escenas en las que Celia está en el baño, como atrapada en un plano aún más estrecho de lo que los 4:3 confinan, iluminada en el primero y en sombras en el segundo, cuando su terremoto interior ha empezado. O que a la madre (Natalia de Molina) cueste encuadrarla, como si pese a compartir apartamento con la hija, estuviera en una dimensión totalmente alejada e incomunicada. O las miradas, todas y cada una de ellas. Por vía de esta clase de piezas es por donde la trama (pequeñita, íntima) va tomando forma, sin despegarse ni un ápice de lo que cualquiera podría interpretar como sus propios recuerdos, y sintiéndose con intensidad cada vez mayor. Y por el camino, va entrelazándose con habilidad con una disertación sutil, casi invisible al principio pero implacable a la postre, sobre la herencia de esa desfasada educación, esas imposiciones sociales absurdas, en quienes ahora están llamados a llevar la batuta. Quienes, en definitiva, vivieron ese mismo periodo de encallamiento religioso enfrentado a una cierta apertura de miras, que aún está a medio hacer. Y que acabaron encontrando su voz de un modo u otro.

Porque en el fondo, de eso va Las niñas por encima de todo: de encontrarse a uno (una) mismo, cuando toca, por difícil que parezca. Esa edad en la que no sabes muy bien a qué has venido y hacia dónde vas, pero te empiezas a plantear por qué tenemos que tomar por buenas las directrices de un libro escrito hace tropecientos años, que habla de hombres que crean a mujeres partiendo de costillas de otros hombres, para que éstas les hagan compañía. Sí, en teoría hemos evolucionado… pero, ¿suficiente? En fin, tómese como reflexión y retrato social, como coming-of-age, o como excusa para regresar al pasado y ver Los fruitis mientras se escucha una cassette de los Héroes del silencio. O como lección de cine. En cada una de esas facetas, Las niñas triunfa, y de qué manera. Si es que al final, sí bastaba con decir que era la película española del año…

Trailer de Las niñas

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Crítica de The Souvenir

The Souvenir, la nueva propuesta de la directora Joanna Hogg, era uno de los platos fuertes del Atlàntida Film Fest, festival de cine online de Filmin, de la edición de 2020. Había pasado por diversos festivales, ganó el premio del jurado en Sundance, ya se estaba viendo en algunos cines europeos… en definitiva, venía con pedigrí.

Y tanto ruido está más que justificado: partiendo de sus propias experiencias, la cineasta escribe y dirige una película que sigue a una estudiante de cine en los años 80, que intenta tirar para delante pese a todo. Y ese todo vendría a ser su situación económica, y un novio, cuanto menos peculiar. Procediendo de familia que navega en el bienestar, se ha independizado para estar más cerca de la escuela de cine, y ha conocido a un dandy que la arrastra casi sin que se dé cuenta a una senda lejos de la soñada.

Elementos para gustar, a porrones: cine autobiográfico, exquisitez formal, discurso social… Especialmente encomiable se antoja la manera en que es tratada esta relación, tóxica y vampírica, sin que haya ningún acontecimiento, en realidad, que delimite bien y mal. Pero sobre todo, como la propia película se encarga de remarcar en los compases iniciales, Hogg logra trazar una línea entre realidad y ficción que se diluye más y más, a todos los niveles; sin ir más lejos, la madre en ficción de la protagonista es Tilda Swinton, madre en la vida real de la actriz, Honor Swinton Byrne. Efectivamente, The Souvenir es un lujo de película.

Sin embargo, que todos sus personajes estén prácticamente siempre incapacitados para generar la menor empatía, ya desde su punto de partida, no ayuda. Y es que esas altivas conversaciones sobre el cine y el arte en general, esa constante mirada por encima del hombro, desenganchan emocionalmente al espectador que esté llevando una vida más mundanal. Por lo que pese a que el drama que cuenta Hogg acaba pareciéndose a un cuento de puro terror cotidiano, aunque su denuncia social aplique a la más rabiosa de las actualidades… no logra calar. Y eso pesa más que cualquier bondad artística (que ya digo, en este caso es de aúpa).

The Souvenir es, al final, justamente lo que menciona su título, un regalo vistoso y agradecido (afortunadamente, con gusto), pero a la postre, de vida francamente corta. No le hubiera venido mal bajar un poco a pie de tierra.

Trailer de The Souvenir

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Crítica de Adoration

Como tantos otros, se diría que Fabrice Du Welz vería en su día Déjame entrar, y se la tomaría por el lado más oscuro. Y es que de la película sueca se puede extraer un precioso relato de descubrimiento, amor y amistad, como uno bastante más chungo, el de la vampirización de un ser que adora al otro hasta convertirse en un auténtico esclavo manipulado a placer. Y claro, con esa perspectiva, el responsable de películas como Calvaire o Vinyan, de todo menos plácidas, decidiría llevarse tales sensaciones a su terreno. O no, quién sabe, pero el caso es que una década después de aquélla, Du Welz trae Adoration para volver a sumirnos en una historia de apasionadas adoraciones y consecuentes aprovechamientos, de nuevo por vía de dos prófugos infantes. Un chavalín conoce a una chiquilla internada en un centro psiquiátrico, y pierde el oremus. Suena, ¿verdad?

Y es que Adoration no pretende ser original, sino puntillosa con su cometido. Se mete hasta el fondo de esta relación entre dos jóvenes (no tienen ni quince años) que por el camino descubren lo intensos que pueden ser algunos sentimientos que hasta el momento desconocían. Y que a lo mejor anhelaban, pero menudo caramelo envenenado. Con una constante sensación de agua al cuello, y una trama que se va enfangando a cada paso que da, la película se descubre bestialmente vívida. De hecho, Du Welz hasta roza límites de lo moralmente aceptable, con una propuesta que antepone, a todo, la correcta percepción de las emociones que describe. Más que narrativa, Adoration es sensorial.

Regresando a escenarios eminentemente naturales, Du Welz los vuelve a convertir en vaso conductor de emociones, o en protagonista pasivo si se prefiere, rodando en 16mm con una cámara que se pierde en frondosos verdes, que a veces parece escondida entre cálidos tonos mientras espía a los niños, y otras en cambio los amenaza desde recovecos oscuros casi impenetrables. Una cámara que además no se separa de ellos, se coloca a su altura y, de hecho, en ocasiones hasta adopta su punto de vista (incluyendo planos fugaces de miradas de soslayo, o puntuales zooms). Todo ello secundado por un atmosférico apartado sonoro que da la puntilla, e interpretado por dos sorprendentes actores (habrá que seguir la pista de Thomas Gioria y Fantine Harduin, relevo natural de Martin Sheen y Sissy Spacek).

La pena en todo ello es que Adoration se resienta de esa total falta de innovación. Los pasajes más episódicos, que pueblan el bloque central del film, van rebajando interés al ser tal y como cabría esperárselos. Sorprende que, teniéndolo todo de cara para alterar un poquito las cosas, Du Welz no haya aprovechado la ocasión. Y para muestra un botón: la escena del barco peca de obvia y exagerada a juicio de quien esto escribe, y acaba sellando definitivamente el arco de los protagonistas, perdiendo por consiguiente buena parte del interés en el argumento, y eso que aún queda un buen rato de metraje. Habiendo ya una situación previa de igual intensidad (las escaleras del centro psiquiátrico), un pasaje menos abrupto hubiera servido para que la ambigüedad siguiera prevaleciendo.

No, Adoration queda lejos de la perfección. Así como del impacto de anteriores trabajos de Fabrice Du Welz. Pero al César lo que es del César: sigue siendo una propuesta audiovisualmente apabullante, con una grandísima carga emocional y sentimientos que logra mantener a flor de piel durante buena parte del tiempo. Por lo que, de entrada, que los fans del cineasta estén tranquilos, que sigue en plena forma. Y a quienes lo descubran ahora, no saldrán defraudados. Pero lo que apuntaba a un nuevo hito del coming-of-age más radical, se queda a las puertas de la gloria. Por poco.

Traier de Adoration

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Crítica de Blind Spot (L’angle mort)

El cine y los ángulos muertos han generado desde siempre, una relación fructífera en todos los aspectos, ya sea técnicos o argumentales. Hay películas en las que fascina más lo que no se ve en pantalla, y otras que hablan de quienes ocupan esos lugares en la vida. Y luego está la película que nos ocupa, Blind Spot (en su versión original, L’angle mort), que se aprovecha de todo ello a la vez. La película de Patrick-Mario Bernard y Pierre Trividic, que parte de una idea de Emmanuel Carrère nada menos, habla de esas personas, las invisibles; las que lo son por voluntad propia y las que no tienen más remedio. Y lo hace con una imagen en 4:3, por aquello de tener sendos ángulos muertos en la pantalla. Oh, pero además lo lleva todo más allá, materializando esa invisibilidad en forma de inesperado superpoder. Sí, el protagonista de Blind Spot tiene la habilidad de desaparecer. Pero no, esto no es un refrito de El hombre invisible.

Más bien, de lo que se trata aquí es de investigar en quien se deja ver y quien no, a nivel social, familiar y personal; y sumar a la ecuación la responsabilidad de tener algo que podría servir para algo, sin tener claro si se quiere usar. Un tipo (excelente Jean-Christophe Folly, por cierto) con un don que no le dará para salvar el mundo, aquí no se habla de eso. Sino que ha sido invisible para muchos, él mismo incluido, más metafórica que físicamente. Un tipo que va a su bola aun cuando su familia le necesita; que es incapaz de adquirir mayor visibilidad en sus intentos de relaciones sentimentales, no digamos en su puesto de trabajo. El conflicto se establece, aquí, entre egoísmo y altruismo, en definitiva. Entre la comodidad de tu círculo de confianza y la pereza/miedo de salir de él.

Lo que hace magistralmente Blind Spot, es añadir ese elemento fantacinetífico a la ecuación para que los opuestos, visible e invisible, acerquen posturas. La línea que separa el estar del no estar se diluye y adquiere nuevos matices, que a la postre no hacen sino generar mayores tribulaciones en el protagonista. Un protagonista al que el espectador ve en todo momento, pero ni con esas es capaz de saber cuándo está y cuándo no. Maravilloso juego de reflejos y perspectivas, pues, que se va cocinando a fuego lento entre elegantes planos, una manera original de mostrar cuándo se le ve y cuándo no y… lo dicho, dos barras negras a cada lado que van trabajando en nuestros subconscientes, para que al final ya dudemos de todo lo que vemos en pantalla y de todos quienes puedan estar, o no, en ella.

Ni que decir tiene, pues, que Blind Spot no es un thriller de terror, de ciencia ficción, ni nada ni remotamente cercano. Sus responsables son plenamente conscientes de jugar con un elemento propio de tales latitudes, pero optan por ignorarlas radicalmente, relegándolas tan sólo a un retrato social que no hace sino confirmar que, no, vivimos en un mundo donde no hay superhéroes. Un mundo egoísta en el que si tenemos algo que podría dar valor a los demás, ayudar a sacar a gente de esos ángulos muertos, nos lo quedamos. Seguimos adelante, nos dejamos ver o nos escondemos según convenga, hacemos la vista gorda cuando nos topamos con invisibles, o ni siquiera nos damos cuenta de a quién tenemos a nuestro alrededor realmente… Pero llega un momento en que, como al protagonista, nos toca cuestionarnos todo ello. Tengamos o no poderes mágicos.

Preciosa película, que quizá no descubra nada nuevo, pero con la que darle al coco, incluso tiempo después de haberla visto.

Trailer de Blind Spot (L’angle mort) subtitulado en inglés

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Crítica de Scandinavian Silence

El cine está para jugar con él. Por lo que si para su segunda película tras las cámaras, Martti Helde quiere jugar a ser Kurosawa para un drama a caballo entre los Coen y Bergman, sólo podemos alegrarnos. Y si de paso se pone a explorar los límites del lenguaje cinematográfico, con una película que enfrenta diálogos con el cine mudo, ya…

Scandinavian Silence es una suerte de experimento, de estudio sobre el cine. Miedo: normalmente estas cosas acaban siendo subproductos que no deberían haber ido más allá de una práctica de final de carrera. Pero Helde lo lleva a cabo de manera plenamente consciente y hasta la última consecuencia, sin miedo a que, con ello, el cómputo global pueda quedar en entredicho.

Y me explico: la película plantea un encuentro de dos personas con un pasado (bastante turbulento, por cierto) del que el espectador va recogiendo piezas, a lo Rashomon, por vía de sendos puntos de vista. Para que el invento tenga sentido, teniendo en cuenta sus limitaciones autoimpuestas (una persona recoge a otra con su coche y hablan del pasado), Helde se saca de la chistera un juego de diálogos rotos y silencios que dicen más que palabras. Contraste sonido-silencio que se remarca a nivel visual con una imagen en blanco y negro donde los árboles más oscuros chocan contra el critalino brillo de la nieve. Y que cada cuál decida qué lado de la balanza, palabras o miradas, blancos o negros, pesa más.

Pero decía que a Scandinavian Silence no le parece importar demasiado el resultado final, en pos de cumplir con sus propias reglas hasta la última consecuencia. Y cierto es que si bien el experimento sea loable, su estructura empieza a hacerse previsible antes de lo debido, lastrando puntualmente el interés del espectador al poder, este, anticiparse a ella con facilidad. Pero esto ocurre por mantenerse rigurosamente fiel a sí misma, por lo que es lícito. Gajes del oficio, oyes.

Con todo, que duda cabe, las sensaciones generales son de notable. Elegante, sobria, contenida y con espacios de sobra para que el espectador reflexione y entre en el juego, Scandinavian Silence supone un estimulante ejercicio cinematográfico dispuesto a confirmar que, a veces, los silencios importan más que las palabras. Casi tanto como la necesidad de dar espacio a una historia para que crezca de manera orgánica, empleando la estructura que se quiera. Y ya dejándonos de perogrulladas: al final consigue ser de gran impacto emocional, y eso también suma.

Trailer de Scandinavian Silence