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Éric Rohmer: pequeño homenaje al director francés

Con motivo del fallecimiento de Éric Rohmer, el maestro francés que fue discípulo de la Nouvelle Vague, en 2010, lo mínimo que podíamos hacer por nuestra parte era dedicar unas líneas a recordarle.

Rohmer nació en Nancy, Francia, el 4 de abril de 1920 bajo el nombre de Jean-Marie Maurice Sherer. En la década de los 40 empezó ya a destacar como escritor e inició sus actividades profesionales en la enseñanza, pero pronto se empezó a interesar por el cine e inició su etapa como crítico en la revista de cine Cahiers du Cinéma desde 1956 a 1963, co-escribiendo codo con codo junto con sus compañeros Jean-Luc Godard y François Truffaut, además de con el que él consideraría su maestro, el importante teórico André Bazin. Como director, comenzó su trayectoria con varios cortometrajes, y su primer largo Le signe du Lion, tuvo que esperar hasta 1959. No fue hasta 1962 cuando fundó junto a Barbet Schroeder y Margaret Ménégoz la productora Les Films du Losange, con la cual filmará todas sus películas. Cineasta introvertido que raramente concedió entrevistas y apenas si asistió a las entregas de premios, siempre le gustó trabajar con el mismo equipo, y entre sus más recurrentes colaboradores se encontraron Marie Rivière, actriz con la que trabajó en 9 películas, y Néstor Almendros, su director de fotografía habitual, gracias al cual las películas de Rohmer adquirieron una plástica muy identificable a simple vista. Un hombre creado para hacer cine: la mejor forma de conocer a Rohmer es a través de sus películas.

El cineasta francés fue conocido por sus célebres tres series de películas que marcaron sus tres grandes etapas como cineasta: a saber, la etapa 1963-1972, marcada por los seis Cuentos Morales (La carrera de Suzanne (1963), La panadera de Monceau (1963), La coleccionista (1967), Mi noche con Maud (1969), La rodilla de Clara (1970) y El amor después del mediodía (1972)); la etapa 1981-1987, con las siete Comedias y Proverbios (La mujer del aviador (1981), La buena boda (1982), Pauline en la playa (1983), Las noches de a luna llena (1984), El rayo verde (1986), que le valió el León de Oro en Venecia, El amigo de mi amiga (1987) y Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle (1987)) y la etapa 1990-1998, acompañada por los films de las Cuatro Estaciones (Cuento de primavera (1990), Cuento de invierno (1992), Cuento de verano (1996) y Cuento de otoño (1998)), películas que constituyen el grueso de su filmografía y que, sobre todo, dan forma a su visión del cine como un medio a través del cual se pudiera contar siempre la misma historia, sencilla y humilde, que inspeccionara de forma distinta las relaciones de las personas y explorara cada vez desde un nuevo punto de vista, en realidad, el mismo problema: el del desamor. Cabe no olvidar, sin embargo, otras películas fuera de estos ciclos, como por ejemplo las recientes Triple agente (2004) o El romance de Astrea y Celadón (2007).

Como hijo de la corriente francesa de la Nouvelle Vague, y compañero de sus contemporáneos Godard, Alain Resnais, Claude Chabrol, Jacques Rivette y François Truffaut, destaca también, como decíamos, su labor como crítico cinematográfico, a través de Cahiers du Cinéma, puesto que la Nouvelle Vague no sólo revolucionó la forma de hacer cine sinó también la manera de entenderlo y estudiarlo. Rohmer, por tanto, fue partícipe del movimiento cultural que pretendió proyectar y realzar las grandes figuras cinematográficas del pasado, y de relanzar el cine clásico a través de un cine profundamente moderno que pretendía la experimentación como vía de escape europea ante un cine americano cuya etapa de oro estaba moribunda. De hecho, aunque el cine de Rohmer no sea tan extremo como el de Godard (acercándose más, en el sentido narrativo, al de Truffaut), sí es cierto que tiene un fuerte componente de personalidad que lo distingue del de sus compañeros, pues, de hecho, todos los cineastas de la Nouvelle Vague desarrollaron de forma unilateral un cine muy identificable a cada autor que hacen del movimiento francés una etapa rica en distintas concepciones de la narrativa cinematográfica.

El caso de Rohmer fue el de un cine que se concentraba en el poder del pequeño relato, más o menos complejo, como herramienta de exploración de los sentimientos puros y sencillos a través del amor y, especialmente, el desamor. Si bien todas las antes citadas películas son espléndidas, hay que hacer especial hincapié en Mi noche con Maud, Pauline en la playa, El rayo verde y Cuento de otoño como los filmes en que Rohmer supo trasladar de un modo más brillante este siempre permanente discurso en su filmografía mediante el cine más lúcido y mejor moldeado de todos los que propuso durante su carrera. En este sentido, de hecho, la obra de Rohmer no puede entenderse, como la de Truffaut, a través de obras individuales, sinó más bien, como la de Godard, de forma conjunta, pues Rohmer prefirió exponer su discurso a lo largo de su trayectoria, dividiéndolo en las tres etapas antes mencionadas, antes que explorar en uno nuevo en cada nueva película. Podría decirse, pues, que el cine de Rohmer es monotemático y especializado, siendo el profundo estudio de éste, desarrollado a lo largo de toda una vida como cineasta, donde reside su importancia y su impacto en la Historia.

Así pues, con Rohmer moría una pieza clave del cine europeo moderno, un cineasta superdotado e irrepetible que formó parte de la fundamental generación de cineastas que tomaron la responsabilidad de configurar un nuevo cine para Europa, y uno de los que mejor exploraron las posibilidades fílmicas de la historia y de la belleza del cine como medio de expresión artística. Una de esas personas que amaban el cine por lo que es, por su naturaleza, por su calidad de medio con el que desarrollarse como artista y como herramienta para exponer un discurso, con el que dejar una impronta, y no por la industria que lo rodea.

Rohmer nos dejó sin un pedazo del alma del cine moderno.

Truffaut (y Rohmer) sobre L’Atalante de Jean Vigo

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