La pesadilla: Crítica (The Nightmare)

La pesadilla (The Nightmare)

Marchando una propuesta interesante. Tanto, como para colocar desde ya mismo entre las posiciones más altas del ranking de lo que el cine de género ha dado en 2015. No, tampoco es decir mucho. Pero sí es más que suficiente para que su visionado no se considere una total pérdida de tiempo lo cual, viniendo de una película en teoría adscrita al terror y que seguramente jamás pase el corte de la gran pantalla, es un mundo. Y digo en teoría porque resulta difícil clasificar La pesadilla con una determinada etiqueta, como lo fue hacerlo con el anterior proyecto de Rodney Ascher. Os acordáis de Habitación 237, ¿verdad? Pues ahora sigue en su empeño de llevar el documental al límite, y para ello parte de un tema escabroso donde los haya: mediante testimonios de casos a priori reales, la película pretende indagar en el fenómeno de la parálisis del sueño, trazando posibles causas del mismo en función de los puntos en común que tienen entre sí las declaraciones de los entrevistados… y que pasan por pasajes idénticos en diversos sueños, a cuál más perturbador.

Pesadillas que son recreadas por Ascher mediante dramatizaciones, combinando por consiguiente documental y ficción en una sola propuesta que se divierte alternando estilos. Las entrevistas adoptan planos extraños, sumamente forzados para desubicar al espectador; por su parte, una suerte de careta digital le alerta, en las primeras ocasiones al menos, del paso a las interpretaciones de los sueños, pasajes en que la película recurre a todos los trucos narrativos, visuales y sonoros de que el género dispone, pero más que para buscar los habituales sustos en pantalla (están tan voluntariamente forzados tales recursos que difícilmente generen sobresalto alguno), para remarcar que son los protagonistas quienes viven esas películas de terror noche tras noche. En ningún momento esconde La pesadilla su condición de película, nada de jugar al Paranormal de turno; como tampoco maquilla el carácter exagerado de dichas dramatizaciones, llegado en una ocasión a saltar de un escenario a otro sin cortar el plano y, por tanto, dejando entrever las bambalinas del plató, e incluso cómo se preparan los actores instantes antes de entrar en acción para dar vida al entrevistado, o al ser que le visita por las noches.

De este modo, el film consigue algo mucho peor: que sea nuestro subconsciente el que trabaje a consciencia. En realidad, Ascher juega como le place con su espectador, se apodera en todo momento de sus pensamientos y/o razonamientos a lo largo del visionado. Si fuerza tanto las recreaciones de los testimonios no es sino para para acentuar, en verdad, el carácter real de los mismos. Uno se plantea la autenticidad de la película, de esta o aquella escena, busca en seguida el truco, pero jamás cuestiona las palabras, la narración en off. Por ese motivo apariciones repentinas en primer plano, subidón de decibelios… ningún susto buscado logra asustar. Sin embargo, mientras se consumen los minutos los escalofríos van sucediéndose con cada vez mayor ahínco. El miedo: que nos ocurra lo mismo que a ellos en el momento en que nos metamos en la cama. La tesis: puede pasar perfectamente; no somos dueños de nuestro cerebro cuando estamos dormidos.

La pesadilla (The Nightmare)

El cambio en relación a la anterior propuesta del director, también documental y también basado en declaraciones, es total. Ahí se partía de algo muy concreto y reconocible (una película y las diversas teorías que sobrevuelan su argumento), y se acababa hablando de una serie de personajes locos enfrascados en un mundo que poco o nada podía tener en común con en nuestro; aquí se parte de lo más intangible e intransferible (los vericuetos del subconsciente) y de entrevistados que a priori parecerían tocados del ala, pero se acaba señalando con el dedo la realidad de cada uno de los espectadores. De ahí que acabe siendo acojonante aunque no lo demuestre.

Y sí, La pesadilla es irregular y repetitiva. En ocasiones se pasa masticando sus argumentos y en otras parece perder un poco el norte. Pero lo que cuenta al final es su capacidad para trascender, y aquí hay elementos de sobra para que después de su visionado, la noche que nos espere sea… curiosa. Maldito subconsciente.
6,5/10

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