Marte: Crítica (The Martian)

Marte

La idea, a pesar de sus derivas temáticas, no es nueva. No es sólo que el planeta rojo haya sido terreno abonado para el alunizaje cinematográfico desde (por lo menos que yo recuerde) la seminal Himmelskibet y la impresionante Aelita. Es que el concepto “Robinson Crusoe en Marte” ya fue explotado en (ja-ja) Robinson Crusoe en Marte, una bastante simpática serie B dirigida en 1964 por Byron Haskin para la Paramount. Coincidencias simpáticas a parte, Ridley Scott ha tenido que buscar en las líneas más básicas del relato de Defoe y en el planeta vecino los elementos clave para, de algún modo, reformular sus propias propuestas fantacientíficas: a la inversa de lo que ocurrió con su última visita al género, Prometheus, esta Marte está cimentada en un guión sólido y sabio que pone a su propio servicio todo el aparato visual. Aquella era una propuesta fascinante por sus capacidades sensoriales y sus habilidades formales, pero patinaba en algunas de sus soluciones narrativas. En esta ocasión, en cambio, Scott parte de la novela de Andy Weir para contar una historia tan sencilla como poderosa: la de Mark Watney, un astronauta de la NASA que queda varado, al que se da por muerto y que debe apañarse con unos escasísimos recursos, un paisaje hostil y sus propios conocimientos científicos.

Estamos, pues, ante un survival espacial. Una historia de náufrago de cuya subsistencia depende todo el peso emocional de la película. Y es mucho. La sorpresa sobreviene cuando, conociendo el exceso al que parece bastante dado el señor Scott, se encuentra uno con una película de una temperatura emotiva muy concreta. Casi cálida. Marte no es una tragedia, ni un thriller de suspense, aunque tenga algunos tintes de todo ello diseminados a lo largo de su metraje. Ni, desde luego se trata de una película de terror. Es más bien un drama aventurero con toques de comedia. Una película de supervivencia que parte de un enfoque realista donde lo primero, lo que triunfa y se exalta, es la ciencia. Donde no cabe esa metafísica espesa que impregnaba Interstellar, donde el choque entre el hecho científico y lo relativo a la fe está abordado desde el más seco pragmatismo (sólo una escena incide en esa dicotomía, pero es enormemente explícita y significativa). Donde los códigos de la ciencia ficción no están tanto en lo especulativo del asunto (asumimos que ya es sólo cuestión de tiempo que el hombre pueda pisar Marte) como en el puro desarrollo de la aventura. Es decir, uno se pregunta si realmente será así la llegada al planeta y si sucedería de ese modo toda la concatenación de sucesos que siguen. Y descubre una cosa tan simple como reveladora: que da igual.

Porque al final lo que cuenta es el sentido de la aventura, aunque esté tachonado de aciertos aparentemente visionarios en la misma cantidad que de disparates más propios de una película de catástrofes, variante “rescates in extremis“. No tienen excesivo peso las reflexiones filosóficas que pueda arrojar el producto, que en este caso están sólo insinuadas y se relacionan con la soledad extrema, con la eternidad, la conquista y la nimiedad de ciertas convenciones humanas cuando son contrapuestas a la infinitud cósmica. Y sí pervive, en cambio, un sentimiento de optimismo y emoción en lo que termina siendo una película extrañamente luminosa. Watney ejemplifica la voluntad por vivir, la lucha humana en un territorio natural nuevo y yermo y, especialmente, ese deseo desesperado por dejar huella en el porvenir, por lograr que la persona sobreviva a su propia mortalidad física. De ahí que el personaje deje constancia de su aventura en su esencial videodiario, un dispositivo narrativo tan simple como efectivo que usa el guionista Drew Goddard como herramienta para externalizar los pensamientos y verbalizar todas las acciones del personaje. El vlog de Watney, y posteriormente también el Rover que le salvará la vida, en esencia, no dejan de ser algo así como su Wilson. Compañeros inesparables que le dispensan réplicas invisibles.

Marte

A pesar de todo, Scott no confía el éxito de la película únicamente a la solidez del guión que maneja. Al contrario. Si bien prescinde de sus habituales excesos visuales y de su ocasional manierismo la película se presenta como una aventura majestuosa y espectacular. Este Marte fotografiado por Dariusz Wolski es tan hostil como hermoso; sus infinitas dunas y cráteres no apelan a un esteticismo vacuo y de alguna manera arropan al personaje con una mezcla de hostilidad y complicidad. Y el director lo muestra todo sin elipsis pero con una gran elegancia y sensibilidad, haciendo uso de su habitual precisión narrativa, marcando una métrica tan perfecta como siempre y menos perezosa que nunca. Su cámara, siempre apegada al personaje, arranca a Matt Damon un carisma mayor que el que nunca haya tenido mientras lo acompaña de manera íntima y cercana. Quizá haría bien en definir algo mejor al resto de personajes secundarios (o probablemente sacrificar a algunos de ellos para dejar más espacio a la caracterización). Y ya puestos a sacar peros probablemente no tendría que haber cargado tanto las tintas de una selección musical conscientemente hortera que combina algún tema notable con varias petardadas, siempre colocados desde un prisma sardónico. Pero en cualquier caso Scott sabe transmitir ese sano sentido de la ironía y ese refrescante optimismo que en todo momento se cuela por entre las rendijas del drama. Una mezcla de géneros que, esta vez, da en el clavo con las medidas y logra una perfecta alquimia aventurera.

7’5/10

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