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De los Rolling Stones a Shia LaBeouf. El cine como expiación y asesino del rock and roll

Sus influencias estarán en el Blues, el Soul y el R&B, pero si escuchamos el nombre de los Rolling Stones, lo asociamos de inmediato al rock. Sus majestades satánicas son referente absoluto en materia por música… y por todo lo demás: sex and drugs. Han sobrevivido a todo exceso habido y por haber, en una carrera con casi 50 años de historia, más de 20 discos y un buen puñado de películas sobre su vida y obra. Y sí, siempre se ha sabido de sus coqueteos con los excesos, tanto es así que uno de sus integrantes originales, Brian Jones, falleció a los 27 años, dos días antes de un megaconcierto en Hyde Park.

De ese concierto hay un documental, The Rolling Stones in the Park, donde se les ve cantar y tocar. No tan histórico quizá como Gimme Shelter, donde también se les ve actuar por encima del bien y del mal (en este caso, un asesinato en pleno concierto). Scorsese les hizo brillar como nunca en su documental-homenaje Shine a Light. A donde voy es a que por mucho que no fuera secreto, el consumo de drogas no parecía hacer acto de presencia de manera oficial, ¿acaso al darse por descontado? Es rock and roll, tiene que ir vinculado a sexo y drogas, y ya hablarán las letras de ambos temas (y vaya si lo hacen: Angie y ese trío amoroso entre Jagger, Bowie y la propia Angela; Dead Flowers y el consumo de heroína).

En 2018, sin embargo, las tornas cambiaron: los Stones por fin levantaron el veto de un documental, Cocksucker Blues, rodado en 1972 y prohibido desde entonces por ser el primer material gráfico en que se ven realmente los excesos de los integrantes de la banda. Fue proyectado en el festival In-Edit de dicha edición, llenando las salas hasta los topes. Poco menos de dos años después se ha estrenado Somebody Up There Likes Me, documental de Mike Figgis sobre Ronnie Wood en el que básicamente el guitarrista reconoce haberse metido de todo, haber entrado y salido de rehabilitación… en fin, lo que siempre se ha sabido, pero nunca se ha hecho oficial, al menos, en el cine. Jagger, Richards, Wood y Watts están mayores, ya no consumen (o eso dicen), pero además empiezan a usar la pantalla como vehículo expiatorio. Están haciendo las paces con el de arriba (ese al que tanto le gusta Wood), y para ello han iniciado una etapa aleccionadora, tan humanamente válida como desmitificadora.

Ya sea en la música, el cine, o cualquier otra expresión artística, la fama se suele asociar al exceso, que aglutina dos de las tres etiquetas antes mentadas (sexo y drogas) y por tanto la tercera cae casi de forma automática: Shia LaBeouf es, por esta regla de tres, un rockanrolero, en cuanto a malote macarrilla, que a diferencia de sus satánicas majestades, se pasó de la raya. Si el actor de Transformers no ha acabado peor, ha sido por pura chiripa (la que no tuvieron River Phoenix o Amy Whinehouse), pero lo que sí ha logrado ha sido tirar su carrera por la borda. Desde que su estrella se esfumó, ha intentado buscar redención de mil maneras: tratando de viralizar sus reacciones ante las peores películas que protagonizó, realizando controvertidas obras arty que dejan en paños menores a James Franco o Joaquin Phoenix… pero ¿dónde ha encontrado su redención? En Honey Boy, primer logro sólido de su carrera. Película para la que se reserva uno de los roles principales, con guion de su puño y letra, y en la que busca el perdón a base de una autobiografía ficcionada que le coloca como víctima de una familia disfuncional, y de una industria cinematográfica que le ha hecho ser un juglar a la orden del público. ¿Lícito? La película está francamente bien, pero la intentona de canonización es tan evidente, como la confirmación de la muerte del LaBeouf más rockero.

Una de sus intentonas de perdón público anteriores vino con con firma: Lars Von Trier contó con Shia LaBoeuf para su díptico Nymphomaniac. Von Trier, otro qué tal: persona non grata en Cannes, rodajes infernales, comentarios y cine controvertido… Él también buscaba redención y la halló en La casa de Jack, pirada autobiografía en que la culpa de sus atrocidades, en definitiva, es de un público que siempre quiere más. Él es una víctima, como lo es el cineasta interpretado por Jude Law en Un día de lluvia en Nueva York cuando se obsesiona con una jovencísima Elle Fanning que, ejem, va calentando. Oh, por cierto, estoy hablando de una película de Woody Allen. El de Manhattan se permite hacer broma al respecto, queda claro en la película. Pero aunque desde la ironía, ahí queda el discurso redentor.

Estamos viviendo una época de cambio generacional, y los viejos rockeros empiezan a bajar revoluciones. Tiene sentido, es respetable, y si ello se traduce en el estreno de películas otrora prohibidas, o la creación de nuevos títulos que tengan que aportar, ganamos todos. Y a excepción de la de Allen, considero que todas las películas mentadas aquí tienen mucho valor artístico, incluyendo el descafeinado documental de Wood por su inesperada humanidad. Lo que me pregunto es si es si va a funcionar que todo el mundo se suba ahora al carro de la redención cinematográfica y espere realmente que hagamos como si nada. ¿Veremos ahora a los Stones como unos ejemplos a seguir? ¿Consideraremos a Shia LaBeouf como el nuevo Gary Cooper? Cuando toque el turno del último remanso rockero, cuando The Strokes pise el pedal de freno y empiecen a florecer documentales reverenciales, ¿olvidaremos al Julian Casablancas del Primavera Sound de hace unos años? Porque aunque la mona se vista de seda…

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