Spectre: Crítica

Spectre

Tras el exitazo de taquilla y la notable recepción crítica de Skyfall había más expectación de la normal, que ya suele ser mucha, entorno al regreso de James Bond. Con razón. Aquella, debut de Sam Mendes en la serie fue la película más vista de la saga y confirmaba a Daniel Craig como un estupendo 007, muy acorde con el espíritu oscuro, reflexivo y antiheroico del siglo XXI. Ahí Bond se convertía definitivamente en una especie de agente atribulado, ceñudo y en permanente conflicto, marcado por el choque entre sus alegres correrías en la semiclandestinidad y un pasado traumático. Uno más remoto, un tanto turbio, y otro más reciente, condicionado por la muerte de Vesper Lynd, losa que caería sobre su persona tras los sucesos ocurridos en Casino Royale. De modo que convenía no faltar al respeto a la taquilla y al mismo tiempo seguir por esa senda, marcando las pautas de esta especie de pseudo-reboot que dio inicio con la citada Casino Royale y que inconscientemente daba carpetazo a la etapa anterior, el festivoestúpido paso de Pierce Brosnan por la franquicia. Y en estas está Spectre, la película que debe marcar el retorno al universo Bond de la agencia terrorista de la que empezamos a oír hablar cuando Agente 007 contra el Dr. No. Segundo paso de Sam Mendes como maestro de ceremonias y penúltimo (presumiblemente, según estipula a día de hoy su contrato) de Daniel Craig.

Y de algún modo, a esto pinta la película: a afianzamiento de su director, ya muy seguro a los mandos, y a compendio de todo lo vivido para su protagonista. En cierto modo, el Bond de Craig es una suerte de agente viejoven. No ha vivido todo lo que sabemos que vivirá pero, como decía, carga una mochila considerablemente repleta de mierda emocional. Por su parte, el actor parece remitirse a si mismo en cada plano, apelar a su propia historia para juguetear con lo que se espera de él. En otras palabras: se encuentra cómodo y ya en un punto en el que puede protagonizar una película llena de llamadas al pasado en forma de guiños destinados a los fans. Entraremos en eso en un momento. Por su parte Mendes ha extrapolado su pulso firme para el melodrama al cine de acción y espionaje y ha logrado convencer a casi todo el mundo de que se mueve envidiablemente bien. Su realización dota a la serie de una personalidad y elegancia alejadas de la clase pop (y a ratos camp) de los primeros Bond pero también de la estrechez anal de las reformulaciones del cine palomitero de Christopher Nolan. El realizador sabe encontrar un punto medio y a partir de ahí se concentra en construir el escenario perfecto para una película Bond de manual y, de paso, facturar alguna escena de acción francamente notable. En especial la que abre la película, un prólogo en Ciudad de México iniciado con un soberbio plano secuencia que nos sitúa entre una marabunta de gente ataviada de esqueletos y brujos para el Día de los Muertos. Contundente set-piece que, sin embargo, termina poniendo el listón demasiado alto.

Léa Seydoux

Porque todos los (muy bien dispuestos) elementos escénicos -también la fotografía, del cotizado y siempre elegante Hoyte Van Hoytema- pronto terminan revelándose como lujosa vestidura para una historia que, en el fondo, no deja de ser a ratos algo simplona. El guión de Robert Wade y Neal Purvis, habituales de Bond desde El mundo nunca es suficiente, cumple sus funciones pero no asombra en casi ninguna ocasión. Sí, la trama es funcional y en algún momento guarda más de un giro interesante, pero también está llena de tópicos, argumentales y de personaje (¿dónde termina el “canónico” y empieza el “manido”?). El ritmo es inconstante, y termina acusando un bajón considerable después de su primera mitad, una deceleración de la que la película no termina de recuperarse hasta su coda climática, esta tampoco a la altura de su eléctrico inicio. Los guiños a la mitología del personaje se van sucediendo aquí y allá, pero no dejan de ser más que pequeñas in-jokes que influyen poco en la trama. En cuanto al villano, no destila un especial carisma, más allá de lo que pueda aportar la clase interpretativa de Christoph Waltz y de su referencia -que me guardo por no caer en spoilers- a la mitología bondiana.

Cuidado. Planteado así podría parecer que estamos ante un desastre, y ni mucho menos es el caso. Pocos fans van a salir defraudados de Spectre, que por otro lado como cine espectáculo no excesivamente subnormal, da la talla. Mendes dispone una serie de elementos bien mesurados y juega con ellos con gracia y tino. Por ejemplo, el resto de secundarios no se quedan en una mera mención y aportan una cierta fuerza motriz a la trama: en esta ocasión entra Ralph Fiennes como nuevo M y se mantienen, respecto a la anterior, Ben Wishaw como Q y Naomie Harris como Moneypenny, un trío de sideckicks más que apañado, solvente interpretativamente e innegablemente carismático. Por encima de ellos brilla Léa Seydoux, cumpliendo con holgura como nueva chica Bond, más adaptada a los tiempos que corren y pidiendo a gritos la necesaria derogación de la propia etiqueta “chica Bond”. Y, por supuesto, los ingredientes habituales vuelven a hacer acto de presencia, como rasgo característico, como peaje bondiano o como juego autorreferencial: el smoking, el Aston Martin remozado de turno, los gadgets de Q, las aventuras multinacionales (esta vez en México, Roma, Austria o Marruecos) y los esbirros feroces (un Dave Bautista poco inventivo).

Daniel Craig

En resumidas cuentas Spectre no es la mejor película de Craig al frente de la franquicia (esa sería Skyfall) ni la peor (la casi desastrosa Quantum of Solace) y en términos generales termina siendo “una más de Bond”. Lo cual no es malo, teniendo en cuenta el saludable estado del que goza ahora mismo la saga. Es más, es un dignísimo ejercicio de cine de acción en un momento en que más allá del trabajo de algunos autores el panorama no está muy para tirar cohetes. Pero la verdad es que un poco más de capacidad de sorpresa, un ritmo más uniforme y algo más de complejidad tampoco le habrían venido mal. Skyfall sigue insuperada.

7/10

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