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Crítica de Relic

Pues nada, que nos perdonen Aster y Peele, pero para dar con cine de terror con chicha, nosotros lo iremos a buscar a Australia. Porque de ahí han salido ya varias propuestas de aquellas que, además de hacer pasar un mal rato al respetable, nos han puesto algo de sustancia en el plato, para llevarnos a hacer la digestión a casa. Por ejemplo, The Babadook, debut en la dirección de largos de Jennifer Kent, donde el terror se usaba como vehículo para una temática mucho más sesuda. Por ejemplo, Relic, debut de Natalie Erika James y nueva muestra de lo que el género puede dar de sí, si se usa con inteligencia.

La cosa va de una señora mayor (malrollera Robyn Nevin) que vive sola en una casa enorme, pero a ver quién la mueve de ahí. Un día desaparece sin dejar rastro, por lo que su hija y su nieta (Emily Mortimer y Bella Heathcote) acuden en su búsqueda. Y empiezan a pasar cosas. Canónico donde los haya, sí, pero como toda nueva propuesta de género. Y es que lo importante de Relic no está en la trama, si no en su fondo (vale, y en sus formas, luego hablamos de eso también). En un doble sentido que la directora y guionista propone, siguiendo abiertamente la estela de la mentada The Babadook: aquí se viene a ver una película de miedo sobrenatural, sí, pero que esconde un drama cien por cien humano por el que habrá pasado, o pasará, la práctica totalidad de su público. En definitiva, un juego psicológico que sobreviene de manera inesperada, obligando a reflexionar y a sufrir, por algo más que por fantasmas.

Tampoco es que la mecha sea infinita. Cabe reconocer que la alegoría es bastante sencilla, al alcance del espectador más despistado (casi que mejor para los objetivos de Natalie Erika James). No hay aquí demasiados quiebros de cabeza, porque la idea es, más bien, sumir al público en un estado emocional perfectamente definido. Y para llegar a él, lo que decía antes: Relic cuenta con una muy potente doble lectura, sí, pero que se acompaña de un planteamiento formal prácticamente perfecto. La propuesta no tiene prisa alguna por dar vía libre a los sustos. Apuesta por una atmósfera fría, húmeda, y aguarda a que el espectador esté totalmente calado para empezar a lanzar escalofríos por su espina dorsal. El protagonismo se lo llevan las tonalidades opacas, los planos pausados que se aguantan más de lo deseado, la banda sonora que acompaña casi de manera subconsciente. Y es que es imprescindible agarrar a la platea por el cuello, para enfrascarla de lleno en un tercio final más arriesgado, tanto en lo argumental como, sobre todo, en lo técnico. El objetivo aquí es que lleguemos a perder noción de lo que damos por sentado, en perfecta sincronía con la alegoría que la directora nos quiere narrar. Y que compremos con los ojos cerrados una conclusión tan aprensiva como potente y, a su manera, preciosa.

No quiero hacer spoilers (así perdón si la cosa está quedando algo vaga), pero insisto, no es que Relic descubra la pólvora. Es que la usa muy bien. Una película de terror capaz de generar genuinos momentos de mal rollo sin abusar de recursos fáciles. Que antepone prácticamente siempre la tensión al susto. Que usa el terror como medio para hablar de algo totalmente diferente… aunque igualmente terrorífico. Los que quedaron encantados con The Babadook probablemente encuentren en Relic su heredera natural. No es moco de pavo.

Trailer de Relic

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Crítica de Península (Train to Busan 2)

Hace cuatro años, el cine de terror vivió una pequeña revolución: desde Corea de Sur llegaba Train to Busan y parecía que fuese la primera vez en la historia que la gente (y la prensa en concreto) veía una de zombies (no son zombies, son infectados, mimimi). ¡Hasta se estrenó en Cannes! Alegría al canto, nada más faltaría… pero al resto de mortales, quienes conservábamos un poco de memoria cinematográfica, no se nos escapó que tras su explosivo espíritu, había poco en la propuesta de Yeon Sang-ho que no se hubiera visto, tal cual, en infinidad de títulos del género. Exactamente igual hacía no demasiado tiempo, para mayor inri. Pero en fin, en otra originalísima estrategia mercadotécnica, en plena época de pandemia, Cannes estrena (de aquella manera: el festival ha sido cancelado pero se han anunciado películas que hubieran compuesto su selección oficial) Península, una secuela que hace lo mismo que la anterior… pero peor. Algo de esperar, si se piensa que sólo el nervio llevó a Train to Busan al éxito.

Que el estreno de Train to Busan presents: Peninsula (casi nada) haya coincidido con la segunda ola de Covid-19 lo ponía todo de cara para el disfrute. Lo que necesitaba era bien poco: pulsaciones por las nubes (como en su predecesora), efectos especiales vistosos, y el resto ya vendría dado por el entorno. Y de hecho, de todo ello se beneficia el prólogo de esta nueva incursión al género de infectados de Sang-ho: que si contagios, rápida expansión del virus, lockdowns y cuarentenas… Y como broche, escenita de acción para ir abriendo boca. Bien, sólo que ya se intuye que algo no va bien: como si le hubiera faltado la última capa de pintura, el último filtro, Península se antoja pobre y poco cuidada. Lo mejor de la saga, la acumulación de gente corriendo por todas partes, está ahí, pero parece que hayan se hayan bajado las revoluciones. Algo huele mal, y esta vez no son los cuerpos de los infectados.

Tales sensaciones se confirman cuando se da paso ya a la película en sí. Un guion plagado de decisiones estúpidas y lugares comunes se limita a calcar secuelas de películas postapocalípticas sin nada (¿un plano, una idea?) que aportar: Península es Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno y El día de los muertos, otra vez. Es un homo homini lupus, un la amenaza real sigue siendo la codicia, el capitalismo, el hombre. Otra vez. Y lo dicho, sin nada nuevo que decir y sí mucho que desaprovechar: se pueden repetir temáticas, pero se podrían al menos refrescar y actualizar un poquito. El discurso de Península copia de pe a pa el de Romero en el año 1985 o incluso antes, el de la segunda entrega de sus muertos vivientes, Zombi, en 1978.

Y la cosa tendría un pase si, al menos, la propuesta fuera un dechado en espectacularidad. Que, asumámoslo, nadie está aquí por el guion. Lamentablemente, Train to Busan 2 tampoco convence en este apartado, con un planteamiento formal descaradamente deudor de Last of Us y Guerra mundial Z… con la excepción de estar bastante peor hecho. Escenas oscuras, efectos digitales que cantan como una almeja, montaje precipitado y lioso en el que la confusión reina por encima de todo… me reafirmo en pensar que, aprovechando las circunstancias globales, esta película ha sido acabada deprisa y corriendo cuando aún le quedaban unas horas en el horno.

Afortunadamente, los destellos del espíritu original no desaparecen del todo. Península consigue encadenar un par de pasajes con humor logrado, o set pieces de acción por encima de la media. Y su infinito clímax acaba consiguiendo cierto enganche, ni que sea por puro agotamiento. Pero es muy, muy poco, para lo que cabría esperar. Y lo que se esperaba, dejando de lado el hype de Cannes (en serio, entiendo que quieran abrirse a otros géneros y cines, pero que hayan puesto su loguito en este subproducto es para hacérselo mirar) era un espectáculo entretenido y dinámico, como lo fue la anterior entrega y como lo son la mayoría de propuestas de género que llegan desde geografías similares pero no reciben el revuelo que se merecerían con más creces que esta innecesaria, desaprovechada, y en general muy justita Península.

Trailer de Train to Busan 2: Península

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Crítica de Madre oscura (The Wretched)

Últimamente parece que el terror comercial tiene dos formas: o una preciosista megaloproducción con un gran estudio a las espaldas (el díptico It), o una fotocopia de otra fotocopia hecha prácticamente en una cadena de montaje, en la mayoría de casos de la marca Blumhouse. Es una alegría, pues, que a veces se nos permita ver, en salas, alternativas a esas carreras hacia la homogeneización. Alternativas hechas igualmente con dos duros, jugando igualmente en la liga de lo no-demasiado-salido-de-madre (así que dejo a un lado las locuras que nos trae Nicolas Cage de vez en cuando), pero con ideas o recursos que sí se salen un poco de lo establecido. Una personalidad distinta, al menos. Y es el caso de Madre oscura.

Demostrándose sobradamente conocedores del género, de sus filias y de sus fobias, los directores y guionistas Brett y Drew T. Pierce no se arrugan a la hora de exponer unos referentes muy claros: el alma mater de The Wretched (que así se llama en realidad) bebe del terror y la serie B ochenteros. Esas películas que partían de la atmósfera, cuyas limitaciones técnicas o presupuestarias se traducían en pasajes malrolleros casi sin querer. Con sus planos cortísimos, sus dificultades a la hora de enfocar debidamente y sus (d)efectos especiales, Madre oscura va encontrando un punto perturbador con el que los hermanos Pierce juegan alargando una escena un punto más de lo necesario, o mostrando sólo la puntita de su aterradora (porque es genuinamente chunga) premisa. Y todo esto, al tiempo que su estilo prácticamente amateur hace que desprenda olor a polvo y a foresta perdida de los EEUU. A crema solar y animales pudriéndose en el sótano. Es una experiencia sumamente más vívida de los ya acostumbrados espectáculos asépticos antes mencionados.

Pero lo mejor está en su chicha: de ese punto de partida a medio camino entre el exploit y la reverencia a lo añejo, Madre oscura va desarrollando una personalidad fresca mediante un entramado realmente enfermo y que esconde más de uno y de dos cambios de tercio totalmente inesperados. Se le debe otorgar un extra de paciencia, pues el arranque augura lo peor con su aparente falta de originalidad y sus personajes acartonados y con conflictos de andar por casa. Pero poco a poco, la oscuridad se va apoderando del cotarro hasta que se abre la veda a un macabro juguete con un buen puñado de sorpresas. Y así, la película se convierte en una gozada para los amantes del género.

Cuando la maquinaria se engrasa, empieza a funcionar todo tan bien que un inesperado revés, una conclusión muy por debajo de lo deseado, apenas afea el cómputo global. Sí, de repente, todo concluye de un previsible que desinfla; pero el viaje ha valido tanto la pena, que para qué quedarse con el mal sabor de boca.

Trailer de Madre oscura (The Wretched)

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Crítica de Gretel y Hansel

A Oz Perkins (hijo, sí) parece habérsele contagiado el rollo Norman Bates. Con su corta filmografía tras las cámaras ha intentado, en todo momento, poner al espectador en una situación de mal rollo constante… aunque sin la suerte de su icónica figura paterna. Sus películas anteriores no congeniaron con el público, quizá por querer arriesgar más de lo que eran capaces (La enviada del mal, Soy la bonita criatura que vive en esta casa). Y con la que ahora nos ocupa el idilio con el espectador sigue sonando a utopía.

Y es que este Gretel y Hansel, revisión del cuento de los Grimm que es más bien una reinterpretación del mismo, es una de las cosas más raras que el cine de terror de aspecto (a priori al menos) comercial ha visto últimamente. Quizá desde La bruja, que también se las trajo en su día. Igual que el debut de Robert Eggers, la película de Perkins apuesta por la atmósfera más que por el exabrupto. Una atmósfera podrida, viciada por dentro. Gretel y Hansel es incómoda de ver, más bien de sentir, pero rara es la vez en la que algo realmente terrorífico pasa. Es más, las pequeñas concesiones al susto de turno no funcionan en absoluto. Menos mal que son pocas

No, decía que lo que le va como anillo al dedo es esa fotografía en claustrofóbicos 4:3, escalofriante y agobiante hasta dejar al espectador helado. Son esos planos alargados y forzados. Esas imágenes alegóricas y herméticas. Esa música atmosférica. Elementos, vaya, que el público que busca el enésimo exploit de Expediente Warren no va a aguantar. Quienes busquen un entramado habitual, con sus tempos canónicos y sus planteamientos universales, encontrarán en Gretel y Hansel una película prácticamente congelada en el tiempo, de trama mínima y en la que los matices y las dobles lecturas priman sobre los acontecimientos. El otro público ya puede empezar a salivar.

Pero que tampoco se haga excesivas ilusiones, que también es cierto que el guion de Rob Hayes tiene más ruido que nueces. No queda muy claro si las alegorías se han generado después, y gracias a la excelsa labor de Galo Olivares (fotografía) y Robin Coudert (música), o a las interpretaciones de Sophia Lillis y de Alice Krige, más que por un guion más sencillo y hueco de lo que se cree. La idea de base, esa suerte (creo, al menos) de oda al empoderamiento tanto femenino como generacional es estupenda. El desarrollo es el que cojea, al contar con pocas capas de profundidad y poca enjundia, y por tanto encallarse más de una vez. Pero de nuevo, ahí está la atmósfera que Perkins logra crear, ahí el cargado cara a cara actoral.

Quizá el contenido no dé para mucho más, quizá Gretel y Hansel no pueda equipararse ni por asomo a La bruja, vale. Pero el mal rato que puede hacer pasar a quien entre en el juego no se lo quita nadie. Eso, y alguna que otra escena genuinamente chunga que costará quitarnos de la cabeza. Sólo hay que aceptar las reglas del juego, cosa que seguramente el gran público no haga.

Trailer de Gretel y Hansel

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Crítica de La horca (The Gallows)

Tenemos que asumir que el género del terror, y muy especialmente la ramificación cancerosa que le ha hecho metástasis en forma de found footage, cuenta con una serie de normas, tubos por los que vamos a tener que pasar tanto si nos gusta como si no: cierto exceso de exposición en su guion, minutos de basura en los que se supone que se presenta a los personajes, aun a sabiendas de que con ello se reste toda credibilidad al formato (si se supone que es «material encontrado en el lugar del crimen», ¿por qué está montado? Si es porque lo ha montado la supuesta policía, ¿por qué no ha cortado todo el relleno hasta llegar a los acontecimientos en sí, que son los que valen como prueba?), sustos sugestionados que no pasan de la broma, rupturas de cámara, micro y/o foco en los momentos más oportunos… lo asumimos, entramos en el juego; de lo contrario no tendría sentido asistir al visionado. Ahora bien, explotado como está el mundillo, la complicidad debe ir en las dos direcciones: los responsables de un nuevo producto de estas características deben ofrecer algo más, o ser lo suficientemente hábiles como para doblegar todo lo posible las normas, sin saltárselas pero coqueteando con ellas. De ahí el éxito de los primeros Paranormal Activity, impecables en el apartado formal, esforzados por reinventarse entrega tras entrega (atención a la demencial virguería argumental de la tercera), del imposible hiperrealismo 2.0 de Catfish, o de la entrada inmediata y autoparódica en materia de V/H/S. Si es que es de cajón que, a día de hoy, haya que buscar algún punto de frescura entre tanto corsé para convencer al respetable. Bueno, los de La horca por lo visto no lo tenían tan claro.

Subproducto indigno de la gran pantalla, vergonzoso ejercicio de enriquecimiento por deslucida repetición, sería temerario tildar a lo que nos ocupa de película, si es que aún se tiene cierta esperanza y se sigue asociando ese término a alguna forma de arte. Travis Cluff y Chris Lofing no tienen ningún gusto cinematográfico, o no tienen ganas de exponerlo, y su trabajo como directores, de entrada, se demuestra nulo. Nada hay en la cinta que nos haga creer que no la han hecho los primeros colegas a quienes les ha caído entre manos una cámara: el resultado es atroz, si tenemos en cuenta la evidente escasez de medios de que hace gala todo lo demás. No hay un solo escenario mínimamente cuidado, un vestuario digno, un efecto especial o de maquillaje que se salga de los límites de La hora chanante; razón de más para que sus directores se esforzaran por, no sé, crear una atmósfera acojonante, sonsacar al espectador con una puerta cerrada de golpe… algo. ¡Es que además avisan del susto acompañando a los instantes previos de música!

Sustos que, por cierto, se limitan a un ruidoso objeto de atrezzo cayendo al suelo y poco más.

Depositemos nuestras esperanzas, pues, en su argumento: en 1993 algo falló y una representación teatral se saldó con la muerte del protagonista; años después, un equipo de jóvenes estudiantes quiere llevar a cabo la misma obra en el mismo lug… un momento, ¿no está muy visto ya todo este rollo metalingüístico con maldición mediante? ¿No era Scream que ponía en evidencia lo gastado del recurso? ¿Y el fantasma de la obra (que, sí, vive en los pisos bajo tierra)? ¿No suena de 1910? Nada, ni una sola pizca de originalidad. En tiempos de remakes y secuelas, de plagios y de la alarmante falta de ideas en general, el libreto de La horca es fácilmente el ejemplo más desvergonzado de lucro por imitación que haya pasado por una sala en los últimos años. Pero peor que eso es su nulo sentido del tempo: tarda horrores en arrancar porque se pierde en descripciones baratas de personaje y en hilvanar torpemente un entramado forzado y casi inexistente, plagado de decisiones absurdas por parte del cuarteto protagónico; juega mal con la atmósfera y calcula mal los sustos, los momentos de tembleque visual (recordemos: material encontrado) y fallos de imagen/batería baja de la cámara; y limita el grueso del tinglado a eliminar por turnos a los cuatro jóvenes díscolos (por supuesto), recurriendo a la misma fórmula: separamos a uno del grupo, hacemos aparecer al fantasma al fondo de la imagen, explosión de altavoces y a otra cosa.

Así que en La horca tenemos, en resumen, un ejercicio de repetición nulo en todo lo que tenga que ver con el arte. De argumento ridículo y previsible, contado sin gracia alguna salvo la involuntaria (a veces es muy humorístico, a su costa: algunas decisiones y/o frases de las víctimas son tronchantes). Una película que se hace enervante conforme progresa, pero de puro desaguisado. Súmese la exasperante exposición de su guion («vale, tengo que salir por esa ventana y para llegar a ella arrastraré esta mesa contra la pared»), lo hostiable de sus ¿actores?, y un doblaje al castellano digno de anuncio de línea erótica (el único mal del que el film no es culpable pero, hey, si la Warner tiene a bien estrenarla únicamente en castellano por aquí, allá ellos…), y ya está, marquemos la fecha: a 31 de julio de 2015, hemos encontrado la Peor Película del Año. Olé.
0/10

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Crítica de Las brujas de Zugarramurdi

La gente (y no han sido pocos) que se indigna por la última propuesta de Álex de la Iglesia, este alocado regreso a los años dorados del de Bilbao, me da a mí que no ha acabado de entender las intenciones que se esconden detrás de Las brujas de Zugarramurdi. O puede que, al contrario, sea yo quien haya querido pasar por alto sus connotaciones, tomándomela como una gran broma. Pero es que el propio director confirma que esa, el pitorreo, es la única forma de acercarse a ella: en un momento dado, una escena en absoluto gratuita, un improbable equipo de ladrones en fuga va a parar a un bar regentado por brujas (!), con un televiso que únicamente reproduce VHS de grabaciones antiguas; la atención se detiene unos segundos en la caja tonta, donde Rockefeller le dice a su ventrílocuo que está aprovechando la ocasión para reírse de él. Ahí está reconociendo De la Iglesia que, más allá de que su propuesta se instaure en el subgénero de la comedia de terror, se está riendo de todo y de todos. Incluido él mismo. Por lo que buscar connotaciones machistas, que después se convierten en feministas, y después directamente en herejías, está de más. Y creedme que si se toma a broma, el gozo puede ser de aúpa.

Lo que queda fuera de toda duda es la condición del responsable de Acción mutante como uno de los grandes de la industria de por aquí. Ya de entrada y aún en frío, Las brujas de Zugarramurdi despliega una grandísima factura en todos los sentidos: se aprecia con total claridad la mano de un experto del entretenimiento detrás de la cámara, no escatima en medios, y goza de un montaje de notable como poco; apenas si se le puede poner en duda la selección de un filtro de colores que peca de vulgar. Todo ello conforma un prólogo francamente extravagante, en forma de un sub-subgénero más o menos etiquetable como comedia negra sobrenatural con cuero, que confirma su aroma de revisión por todo lo alto de la serie B con unos títulos de entrada exquisitos, tan próximos al horror italiano como, de nuevo, a una El día de la bestia cuya senda necesitaba recuperar tanto De la Iglesia (recordemos que viene de firmar el punto más bajo de su carrera, La chispa de la vida) como sus seguidores. Y luego, golpe de efecto: Hugo Silva y un descacharrante Mario Casas encabezan el atraco al banco de un primer tercio que, sin alejarse de la comedia alocada y con mucho de esperpéntica, se convierte en una trepidante aventura de acción al principio, y una inesperada road movie después. Disfrazados de Jesucristo y de soldadito de plomo, ayudados de una locura de secuaces, y con mucha mala leche (el Bob Esponja criminal, la propia vestimenta de los protagonistas, el niño, el gore) buscan realizar un golpe, lo cual implica un largo periplo en taxi. Todo ello es empleado por De la Iglesia para comentar el estado de las cosas en la actualidad, tanto a nivel económico como social e ideológico (o así). Pero es una conversación entre hombres, principalmente, lo cual implica una verborrea machista que tan sólo es equiparable a la estulticia general que los define. ¿Quiere alguien tomarse en serio sus opiniones sobre la mujer? Vale, pero téngase en cuenta que las comentan un taxista asqueado, un tío disfrazado de Jesucristo plateado… y Mario Casas. No son hombres-modelo precisamente.

Y mientras tanto, conatos de una segunda mitad más metida de lleno en el género al que hace referencia su título (y muy cercana, demasiado quizás, a Lobos de Arga, con la que comparte más de un actor); y es que a medida que progresa, la cinta muta, se desmelena, vira hacia lo sobrenatural según las leyendas que rondan el pueblo de Zugarramurdi, y De la Iglesia juguetea con el lenguaje y con los clichés, sacándose de la manga un sinfín de gags hilarantes de puntos de partida abiertamente ubicados en el cine de terror, pero tomados por el pito del sereno. No falta una surrealista historia de amor en medio de todo el barullo, descubrimientos aveturescos del calibre de Los Goonies, y banquetes con menús horripilantes (ojo a los fingers que cocina la despampanante Carolina Bang, y a la actuación en general de Carmen Maura, Terele Pávez o María Barranco) y asistentes que ídem. ¿Y el discurso? Pues ahora feminista. Oh, claro, las mujeres son brujas… Pero es que los hombres tontos. No es que Las brujas de Zugarramurdi se dedique a criticar a uno u otro sexo, es que los deja a todos por igual (de mal). Y queda lo mejor: su herético y tan comentado tercio final.

Quien no haya entrado en el juego dispuesto hasta el momento, verá en ese clímax absolutamente salido de madre, un final alargado, torpe, casposo, moralmente cuestionable y extenuante, la gota que colma el vaso. Quien hasta entonces haya hecho como quien esto firma, y se haya tomado todo a broma, verá en cambio la más lógica de las conclusiones. Amante de los rizos rizados, conocedor de lo mucho que puede hacerse detrás de una cámara, deudor de grandes maestros de la caspa o de revisionistas de la misma, y vasco como él solo, a De la Iglesia se le va totalmente la mano a base de CGI y cables invisibles, apostando por veinte minutos finales que ponen a prueba al respetable. Ni que fuera la primera vez. Es por un lado. Por otra parte, no olvidemos que la denominación de origen se mantiene: esto es un cuento de terror sobre brujas vascas. ¿Podía acabar de otra manera que no fuese a base de la exageración por la exageración? Allá cada cual, pero por aquí hemos acabado francamente satisfechos del que sin duda puede ir definiéndose como uno de los mayores wtf del cine español reciente.
7/10

 

Y en el Blu-Ray…

Sorprendentemente carente de extras se presenta la edición en alta definición de Las brujas de Zugarramurdi. Y eso que edita Universal, habitual experta en material añadido. Una pena, pues un Cómo se hizo, y sobre todo algún surtido de tomas falsas y/o escenas eliminadas hubiesen venido que ni pintados. Afortunadamente, a niveles audiovisuales roza la perfección. Definición excelsa y buen contraste de colores, aun con la cantidad de contrastes entre claros y oscuros que van dándose en pantalla, y un DTS-HD Master Audio 5.1 atronador, compensan carencias y constituyen la mejor manera para volver a disfrutar de tan loca propuesta.

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Crítica de Los inocentes

En circunstancias normales, nada de lo que está por pasar ocurriría. Porque en circunstancias normales, ni yo ni nadie que no estuviera interesado por los motivos que a continuación se detallarán, acabaría viendo Los inocentes. Y es que esto no es una película, y no lo digo de manera despectiva sino puramente cierta: se trata de un ejercicio, una práctica, un trabajo de final de carrera de varios alumnos aventajados (o no) del Escac, la escuela de cine catalana de la que han ido saliendo algunos de los nombres más relevantes del panorama cinematográfico actual. A ver si no: doce directores se encargan cada uno de unos cinco minutos de la práctica, con la obligación de construir un slasher que revise los cánones del género no se sabe muy bien si desde un prisma respetuoso/copypástico, o desde un guasón espíritu posmo (una incertidumbre que constituye el primer punto negativo para la nota del curso, por cierto). Por lo tanto, a familiares de alumnos, a profesores o a colegas de clase; a ellos debería ir destinada exclusivamente. Pero no. No tan sólo pudo verse en la sala más grande del festival internacional de cine de Sitges, sino que aprovechando la efeméride, va y se pasa la madrugada del 28 de diciembre en uno de los cines más reconocibles de Barcelona. Así que hay que tratarla como largometraje con vocación comercial; así que hay que ir sacando los cuchillos.

Y es que si ya como examen habría que ir preparándose para la convocatoria de septiembre, como Película el desaguisado es alarmante. Los inocentes se limita a recorrer la misma senda de siempre en materia: un accidente en un campamento acaba con la muerte de un joven; quince años después un grupo de ídems acude al lugar (haciendo oídos sordos a los consejos de los vecinos) dispuestos a pasar un buen rato. Pero lo hace de manera desganada y con el piloto automático puesto, sin gracia alguna ni estímulo capaz de despertar el menor interés. A nivel argumental es, de hecho, una mera fotocopia, con intentonas fallidas de humor (vía personajes unidimensionales con tendencia a la irritación) y aún peores resultados a la hora de generar tensión. Y a nivel formal, no hay nada que pueda perdurar en la memoria antes incluso de que el visionado haya concluido… y hablamos de apenas una hora de metraje. Quizá el ejercicio consistía en imitar todos los tics del género, en vez de buscar algo de originalidad a través de ellos; de nuevo, de ser así este intento de producción cinematográfica no debería haber visto la luz, o al menos deberían haber sido especificadas las condiciones a priori.

Claro, así las cosas, el invento acaba acusando una total, absoluta, rematada incapacidad de buscarse una personalidad: hay doce directores y cada uno se encarga de unos cinco minutos, pero apenas si se distingue el estilo de uno del de otro, tal es su vulgaridad y su academicismo. Y sin estilo ni argumento ni personajes, el desapego por parte del espectador es total ¡Es que por más que se busque no hay cabo alguno al que aferrarse! Normal que la única sensación que se desprenda del film sea un tedio que se aposenta cual losa a medida que los clichés se multiplican (ese discurso sobre la maldad del alcohol, el sexo y las drogas… ¿hasta cuándo vamos a tener que estar reviviendo una y otra vez lo mismo?) y que la acción no se acaba de desatar. Porque ni por esas: las muertes que van sucediendo en pantalla sí es verdad que son mejores de lo temido, con su moderada violencia y demás, pero tampoco estamos ante el acabose de la locura gore precisamente. Y a estas alturas, que pululen por ahí mujeres ligeras de ropa ya no supone plus alguno si las actrices en cuestión (al igual que los actores) merecen firmes candidaturas a las peores interpretaciones de la historia del séptimo arte. Vamos, igualito que La cabaña en el bosque

De nuevo, es una pena que tengamos que ponernos así con una propuesta que ni siquiera debería dejarse caer por aquí. De haberse quedado en el seno de la Escac, nada de esto habría pasado, y ni un servidor ni nadie de los que la hemos puesto a caer de un burro sabríamos de su existencia salvo que algún amigote fuera responsable de la misma. En ese caso, nos la habría puesto en la tele de su casa en una noche de fútbol y cervezas, por ejemplo, y hubiese quedado como una curiosidad a alabar en función del aprecio hacia la persona en cuestión. Santas pascuas. Pero no. Hay quien ha pagado por verla, y quien pagará por verla, por lo que debemos valorarla como cualquier otro estreno comercial. Bien, ellos se lo buscaron: es una de las peores películas del año, un timo en toda regla porque de hecho, Los inocentes ni siquiera alcanza la categoría de película. Valiente inocentada.

1/10

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Crítica de Carrie (2013)

De verdad que es para aplaudirles. Por su rematada inoperancia a la hora de afrontar el remake de uno u otro film de terror de los ochenta para atrás. Que sí, que algunos salen bien, pero demonios, cuántos salen mal por el camino. Y el problema se agrava, vaya si lo hace, cuando se pone en evidencia que además, y por encima de todo, no han entendido nada del original. Que si el Carrie de Brian de Palma puede verse hoy en día sin pasar vergüenza ajena se debe a las formas más que al fondo, y a la esencia más que al argumento. Sissy Spacek no daba miedo por ser una niña paliducha y malrollante que movía cosas, sino porque llegabas a comprender el infierno en que vivía mediante las sutilezas de una cámara atrevida, un tempo estudiado al detalle, acontecimientos creíbles (por la época en que sucedían)… y sobre todo por el desconocimiento de lo que estaba por suceder. Y acojonaba definitivamente porque cuando todo se desmadraba, De Palma era el primero, convirtiéndose en un Hitchcock pasado de rosca que partía la pantalla por la mitad cuando no abusaba de planos aberrantes. Y en esta nueva Carrie ni lo uno ni lo otro. Valiente forma de ponerse en evidencia.

Algo falla desde el principio: no tanto con un muy enervante y muy gratuito prólogo que parecería burlarse de sí mismo, sino con esa mojigatería a la hora de desnudar a las chicas del gimnasio, y un inesperado miedo a la hora de recrearse con la ducha de la niña, ahora Chloë Grace Moretz, fundamental para empezar a comprenderla por dentro. Pero también por querer sacar de cualquier lugar una escena de terror, ya sea una ducha abriéndose o una mujer pariendo. No, algo se ha perdido en la traducción, a temerse lo peor tocan. Arranca a partir de aquí un film incapaz de posicionarse: pretende ejercer cierta denuncia social acerca del bullying, pero también acerca de los fanatismos religiosos, pero también quiere ser un imposible retrato de una niña en su problemático salto a la madurez, y a la vez erigirse como cine de terror serio con independencia de la letra que se le imponga después. ¿Como la primera? Sí, pero no. De nuevo, la hermana mayor sabía las cartas que debía jugar en todo momento, escondía la telequinesia todo lo posible y se detenía a estudiar sin prisas la psicología de la dichosa Carrie. Y a su manera, conseguía que todo tuviese sentido en una cinta que de otro modo bien hubiese podido caer en el ridículo.

Pensada para el público americano masivo de hoy en día, la revisión de Kimberly Peirce lo hace, en este sentido, todo del revés. Confunde sutileza con exposición y a través de ella, pretende justificar hasta la última de las decisiones de los personajes que, simple y llanamente, no tienen sentido: porque en pleno 2013, por muy malvada que sea la juventud de la América profunda, una niña pija y su novio con pintas de chulo incipiente no van a entrar en una pocilga. Si pretendes que así sea, no apuestes por la carta del realismo. Y porque una mujer, quince años atrás y por muy retrógrada que sea, sabe distinguir un cáncer de un embarazo de nuevo benditos meses. Si quieres que no sea consciente de ello, de nuevo, no busques justificarlo. De lo contrario, tan sólo se potencia la sensación de sinsentido, de chorrada… y de vergüenza ajena. Muy a su pesar, Carrie se convierte en una comedia de primera. Manda narices, con lo mucho que se esfuerza por crear escenas de terror.

Lo que, por cierto, también se descubre como una decisión errónea. Ya no es que la carta del miedo sea incompatible con el retrato personal, es que la única forma de generar pasajes de género pasa por repetir una y otra vez el mismo recurso, que a la primera de cambio está más que sobado. Una apatía que se va a juntar al desinterés general en relación a un entramado que no avanza, y que cuando avanza no le interesa a nadie porque o ya lo conoce de la anterior, o no está recibiendo los inputs necesarios para involucrarse con la cinta. Visto lo visto, ya no sorprende tanto que la famosa secuencia del baile de fin de curso, único lugar en que sí podía haberse recreado la cineasta en relación a De Palma, se descubra tan mojigata en gore como lo era al principio en desnudos. Esta Carrie mola más porque tiene efectos digitales a su alrededor, pero si no los emplea para cargar a todo quisqui, de poco sirve. Y de nuevo, justificaciones absurdas, búsquedas de una humanidad en la niña que distorsionan totalmente el significado de lo que ocurre en pantalla, y que al concluir la vorágine de destrucción deja demasiadas preguntas en el aire. Un desastre.

Desastre, esa es la mejor manera de describir la propuesta que nos ocupa. La nueva Carrie podría haber aportado mucho a la original y, de hecho, lo tenía todo para mejorarla: actrices de primera (suerte de la presencia de la Moretz y de Julianne Moore), tecnología digital, y temáticas sociales que llevadas según sus respectivas problemáticas actuales, dan mucho juego. Sin embargo, opta por cargarse de un plumazo todo lo bueno que tenía la de 1976 para rellenar los vacíos resultantes de una paja digna de denuncia, que deja a todos sus protagonistas como unos rematados gilipollas, y a los espectadores con cara de pasmarote. Oh, por supuesto que algunas escenas son bonitas de ver; en general, la factura es correcta por lo que de la vulgaridad de esas decenas de subproductos directos a vídeo no baja. Pero francamente, no está el horno como para contentarse con semejantes tomaduras de pelo. Menos mal que en vez de cabrearse, uno puede pararse a pensar en ese último diálogo de Carrie con Sue (redefine la telequinesia, ojo), o bien en los segundos finales en que parece que Bruce Campbell vaya a hacer acto de presencia después de los títulos de crédito. Mejor reírse de ella que tomársela demasiado en serio…

3,5/10

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Críticas Terror

Crítica de El último exorcismo – Parte II (The Last Exorcism – Part II)

Un par de pistas, para el más dado a los acertijos. Una de las empresas encargadas de la distribución de esta película es la CBS Films, parida en el mismo seno que la cadena de televisión de idénticas siglas. Y la película empieza con un anteriormente, en El último exorcismo… al que sólo le falta, precisamente, la voz en off avisando de ello. No hace falta ser un Sherlock Holmes para notar el tufillo a tv-movie que desprende esta innecesaria, innecesarísima El último exorcismo 2 cuya existencia, ya de entrada, carece de sentido habida cuenta de su título (si éste es el último exorcismo, ¿el anterior en qué queda?). Una curiosidad, ésta del nombre, pero que a lo tonto aclara a la perfección a lo que va la propuesta: a ganar dinero, a estirar un chicle sin importar nada ni nadie, por mucho que ello implique poner en entredicho no sólo su propia calidad, sino a la primera entrega de esta inesperada saga. Porque ¿qué más da? Si hay dinero de por medio, el respeto está de más. Y ya puestos en materia, resulta que es tan mala (sí, lo digo así, de entrada y sin contemplaciones) que incluso le falta el respeto al espectador. Claro, que se trata del espectador que ya haya desembolsado su dinero en la entrada de cine, así que el objetivo ya se ha logrado. ¿Qué más da?

En verdad, ya se ha explicado todo lo que el lector necesita saber de una cinta como ésta. Cuando todos y cada uno de los (ya de por sí limitados) esfuerzos se limitan a amasar dinero, ya puede uno imaginar los resultados de tamaña obra de arte. Así que lo que sigue vale más que nada a modo de desahogo para un servidor, que ha tenido que tragarse noventa minutos de un metraje del que se puede salvar, a lo sumo, uno: el primero, post previously. Sólo ahí El último exorcismo 2 tiene algo que valga la pena, como es la culminación visualmente perturbadora de un intento de escena de terror apartada.

Todo lo demás, los 89 minutos restantes, se limitan a contar sin gracia ni personalidad alguna la historia de una chica algo tocada del ala que pasó por un exorcismo y que ahora que la internan en un lugar tipo versión light de Inocencia interrumpida, podría estar sufriendo otra intentona del diablo por meterse en su cuerpo. Podría. Y es que durante su primera hora, el director y co-guionista Ed Gass-Donnelly pretende jugar con la doble posibilidad de posesión versus problemas mentales, mediante situaciones que deberían invitar a dar por válidas ambas opciones y restando cualquier cosa parecida al susto (salvo los habituales: el primero en el minuto 1, el segundo en el 30, el tercero en el 40… toda película de terror hecha con el piloto automático cuenta la posibilidad de ser cronometrada sin margen de error) en pos de la creación de una atmósfera extraña, enrarecida. Sólo que no lo consigue.

Y no lo consigue por su absoluta falta de originalidad. Vaya donde vaya, la cinta se acaba topando con un recurso visto con anterioridad demasiadas ocasiones, tanto a nivel argumental como audiovisual, y presentado para mayor inri con suma torpeza. En otras palabras, todo el bagaje de la cinta se limita a un par (literalmente) de subidones del audio coincidiendo con una sombra al cruzar por delante de la cámara; a gente (enmascarada a veces) que se queda mirando fijamente a la protagonista en un plano fijo y anodino; a alguna presencia de personajes que se creían desaparecidos; y a ensoñaciones pretendidamente desasosegantes por aquí y por allá. Todo muy hortera y hecho directamente mal, con la impersonalidad por bandera y poniendo en evidencia un proceso de montaje demencial que en ocasiones llega incluso a cortar una secuencia, banda sonora incluida, a medias. Digno de un mal capítulo de una serie televisiva cuya cancelación ya se ha hecho oficial, por poner un ejemplo.

Pero es que ya de entrada, todo en ello se antojaba fallido, en su apuesta por la vulgaridad y la prontitud, por el ahorro y el piloto automático. Hay otra prueba, la tercera ya, para disparar las alarmas nada más empezar: acabado el previously, la película erradica de un suspiro el único elemento que diferenciaba a la original (muy mediocre de por sí, dicho sea de paso) de cualquier otro exorcismo cinematográfico. Se carga el found-footage, y lo hace empleando el mismo, idéntico, calcado recurso del que se sirviera Paco Plaza en Rec 3: Génesis. O sea, que mediante un plagio (aquí no somos muy de creer en las coincidencias), se borra todo atisbo de personalidad. Bien hecho, sí señor.

No sé, si hay que salvar algo de semejante desaguisado (para quedar bien más que nada) se puede reivindicar la actuación de Ashley Bell, su protagonista. O que en realidad, la idea de darle más importancia a la historia de la reinserción social por encima de la mera pesadilla de posesiones de turno no pintaba del todo mal sobre el papel. Rescátese, si se quiere, algún plano, un destello moderadamente más bien parado que la media. En fin, que no se diga que no lo hemos intentado, ¿no?

Pero haciendo uso de su lema, ¿qué más da? El último exorcismo 2 es un subproducto hecho a jirones mal cosidos entre sí, deprisa y corriendo con la sola intención de atracar al espectador. Un peñazo carente de terror, de empatía o de evolución emocional, que si sirve de algo es sólo para hacer aún peor a su cuestionable primera parte. Un insulto que, además, se guarda la mayor increpación para el final, con uno de los exorcismos más insulsos y aburridos de la historia del cine que convierte todo lo visto antes en una suerte de introducción, seguida de la promesa de tercera parte que por favor, por favor pedimos que jamás llegue a nuestras retinas. Huid como alma que lleva el diablo; si se hunde en taquilla, después de todo, ¿qué más da?

2/10